Ana María García Blanco

Punto de Vista

Por Ana María García Blanco
💬 0

La escuela como ruta a la paz

Hace unos años, al salir de una escuela en una comunidad donde a unas calles de distancia operaba un punto de drogas, alguien me comentó: “estos jóvenes son suyos mientras estén en la escuela, pero si se salen serán del punto”. Esas palabras, que me calaron hondo, encerraban un mandato: nuestras escuelas no podían fallarles a nuestros estudiantes.

En las escuelas Montessori donde no existe la deserción, los estudiantes practican el bien todos los días, los jóvenes encuentran su horizonte. Entre materiales que los retan, huertos y proyectos de agricultura, música, teatro, arte y servicio, crecen jóvenes bien preparados. Se levanta un nuevo ciudadano con conciencia de hacer mejor el lugar en donde vive.

Hace doce años la comunidad del Pasto en Aibonito perdía su escuela. Tenía 150 estudiantes y un por ciento alto de deserción. Comenzó en 2007 el proyecto Montessori. Niños de 3-6 años mostraron cambios radicales en términos de conducta y de aprendizaje rápidamente. Subía un niño con motivación propia, independiente, creativo, respetuoso, disciplinado y capaz de trabajar con los demás. Se fortaleció la escuela. Los maestros se entusiasmaron. Se eliminó la deserción, el narco, y subió la matrícula a unos 400 estudiantes. Hoy es una de las mejores escuelas Montessori del país.

Esta historia se repite en unos 28 municipios de Puerto Rico. En un estudio de los primeros egresados de la escuela pública Montessori de Juan Domingo, vemos resultados que hablan de una nueva escuela: 100% se graduaron de escuela intermedia, 90% ingresó en la universidad, 71% completó su bachillerato y un 8% su maestría. Un porcentaje significativo participa de labor voluntaria y proyectos de transformación social.

¿Qué aporta Montessori? Montessori aporta una metodología concreta que conduce a la paz. Hace accesible a muchos una educación de excelencia. Montessori parte del profundo respeto al niño y al joven. Construye ambientes y experiencias que están en armonía con su naturaleza y con su etapa del desarrollo. La escuela no les “violenta”, provee para el aprendizaje, el éxito y trabajo bien hecho. En Montessori conviven niños de tres edades en un ambiente—los mayores se convierten en “modelos” para los pequeños, les cuidan y les motivan; aprenden los unos de los otros, no compiten; se rigen por un código de honor y amor al otro. Practican la paz y la solidaridad todos los días de su vida. El niño/a desarrolla su orden interno a través del trabajo, la motivación intrínseca por aprender. No depende de premios ni de castigos para conducirse bien.

Existe una metodología para los niños resolver sus diferencias: rincones y mesas de la paz, donde buscan su tranquilidad antes de actuar, y resuelven asuntos con compañeros. La disciplina no emerge de un sistema punitivo, nace del orden interno y de relaciones sanas.

Las escuelas públicas Montessori a través de la isla han logrado la paz pronto luego de comenzar el proyecto. Los niños se crecen en una cultura de participación, ven a sus familias trabajar para su buena educación y el bien común.

Al igual que los niños aprenden a través de sus sentidos la matemática, las letras, la geografía… absorben la cultura de paz de la cual son parte.

Las escuelas públicas Montessori traen a la mesa una alternativa, ágil y profunda. Son gimnasios, acciones concretas, metodologías eficientes que erradican la violencia en el presente, mientras ayudan a construir una generación distinta.

El proyecto de educación pública de nuestro país es, tiene que ser, la ruta para sembrar la paz.

Otras columnas de Ana María García Blanco

💬Ver 0 comentarios