Eudaldo Báez Galib

Tribuna invitada

Por Eudaldo Báez Galib
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La misión de garantizar honestidad judicial

Cuando las estructuras judiciales de un país se debilitan, aumenta la necesidad de consciencia de sus magistrados. Y a más de sus miembros que se afecten por la desconfianza pública, aún más es la responsabilidad de los otros magistrados para garantizar honestidad judicial. Tema delicado y sujeto a malinterpretación. Pero en el Puerto Rico que se nos escapa, hay que abordarlo y dialogarlo. Este silencio asusta.

Las imágenes de dos jueces, uno satisfaciendo favores monetarios y otro truqueando la integridad electoral por posicionamiento profesional, unido al discurso electorero del “banquete total” como premisa política aceptable, ha surtido su efecto. Máxime, cuando se hilan teorías de que lo visible es el tope del témpano de hielo.

La imagen judicial también se ha afectado por los comentarios álgidos que emanan de nuestro más alto foro, que, a la vez, sus plazas fueron numéricamente aumentadas contra la voluntad del electorado consignada en 1994, aunque constitucionalmente válido. Ejemplo del poder político sobre el electoral.

Entonces, aceptemos que el partidismo político y los intereses económicos están íntimamente ligado a la administración de la justicia. Es una realidad universal. No importa el esquema usado para su composición estructural, sea mediante elección o nombramientos de jueces y juezas, inevitablemente le precede un cernimiento político o de intereses sectoriales. Es normal y aceptable que el poder político del momento aproveche ese cedazo para intentar traspasar al judicial sus principios filosóficos votados en las urnas como mandato.

Otra cosa es que los magistrados queden atrapados en la telaraña políticastra o monetarista de gratitud infame. Afortunadamente, y aquí mi experiencia de 53 años en la abogacía, son poquitísimos los desviados, no tan poquitísimos los coloreados políticamente a todo nivel, pero sí muchísimos los que honran su toga.

Y sobre esos muchísimos es que descansa ahora la imagen de la irreemplazable dignidad judicial. Sobre los otros, esos atraídos por intereses extra jurídicos, recae la profunda responsabilidad en sus consciencias, que trasciende al propio Derecho, pues dicta si sucumbe a sus inclinaciones sectoralistas racionalizándolas como bien común o meramente tirando la lengua a la sociedad.

Julio Cesar sabía que su esposa Pompeya le era fiel, aunque circulaban rumores mal intencionados. Razón para éste aconsejarle a ella que “la esposa de Cesar no solo tenía que ser honesta, sino parecerlo.” Frase ajada, pero muy al tema.

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