Mayra Jiménez Montano

Punto de vista

Por Mayra Jiménez Montano
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Planifiquemos comunidades… por Yolanda y por todos nosotros

No hace falta mucha imaginación para comprender en toda su dimensión lo conmovedor de la escena, tal y como la describió en este mismo diario el pasado 16 de enero el periodista Benjamín Torres Gotay: Yolanda Lugo, una boricua del sur a quien -al igual que sus vecinos- la vida le cambió en unos segundos, poco antes del amanecer del 7 de enero y que -desde entonces- vive con un miedo profundo a la noche y con el temor latente a los derrumbes que se exacerba con cada réplica de los sismos que ya se han vuelto parte habitual de sus días.

Yolanda y sus vecinos son parte de esas decenas de puertorriqueños que pernoctan fuera de sus casas desde aquella mañana en la que la naturaleza se despertó con el más fuerte de los temblores sufridos por nuestra Isla en tiempos recientes. 

El resultado fueron casas colapsadas o con grietas, y otras tantas que no reflejaron daño alguno. Sin embargo, en mayor o menor grado, el temor y la incertidumbre embargaron -y continúa siendo así- a todas estas personas que, desde hace años, viven en comunidad.  

Aspirar a espacios libres de riesgos es -quizás- el criterio principal al buscar un lugar dónde vivir. La seguridad en sus distintas manifestaciones, pero -ante todo- seguridad. 

A pesar de ello, muchas veces ignoramos los peligros que puede plantear la naturaleza con la fuerza de sus vientos huracanados, sus impetuosas aguas fuera de cauce o sus inesperados movimientos telúricos, en especial sobre las estructuras. Nuestro contexto es la naturaleza y ésta se manifiesta, en mayor o menor grado, recurrente y cotidianamente sobre nosotros. Sin embargo, estas manifestaciones las tratamos como eventos extraordinarios. Aunque reaccionamos con una respuesta inmediata para brindar asistencia a los damnificados, la realidad es que protegernos ante los desastres naturales es una tarea a corto, mediano y largo plazo. Y debe ser atendida desde distintas perspectivas y disciplinas, partiendo de una planificación holística para la mitigación de riesgos en las comunidades. 

Sí, claro que suele haber de inicio una respuesta inmediata ante la emergencia, pero la prevención requiere atender con absoluta seriedad y responsabilidad el “antes” y también anticipar de cierta manera el “después”. La atención que se le dé a ese “antes” es vital para la reducción del impacto sobre las personas y las estructuras, y comprende desde la concienciación y educación a los ciudadanos hasta la creación de reglamentos y códigos de edificación atemperados a nuestra realidad. 

Asimismo, mira al futuro y planifica comunidades para que sean resilientes, seguras y resistentes. El “después” implica coordinar la reconstrucción mediante el diseño de comunidades que cumplan con dichos códigos y emplazadas en suelos y zonas edificables, todo ello en el marco de un cuidadoso y fiscalizado proceso constructivo.  

Crear comunidades seguras supone unatarea compleja que implica apoyo, tecnología, planificación, diseño, información y educación. Se habla de cumplimiento con códigos, de desplazamientos, de poblar los centros urbanos, de nuevas tecnologías edilicias, de cambios en zonificación, de garantías y supervisión para el cumplimiento de los reglamentos y códigos de edificación, de educación y de una mayor preparación a los ciudadanos en el caso de que ocurra nuevamente el inevitable rugir de la naturaleza. 

Todas estas opciones están sobre la mesa, pero entrañan un estudio y planificación de expertos y de la mano de los damnificados para reconstruir de forma descentralizada y participativa. Aunque el gobierno central juega un papel relevante en la organización y financiamiento de los procesos de recuperación de desastres, la planificación y la toma de decisiones se debe hacer con una intervención protagónica de los municipios. 

De igual forma, los procesos de reconstrucción con la participación activa de las comunidades son una oportunidad para reforzar en sus capacidades, en el sentido de pertenencia y en la habilidad de responder a eventos futuros. Esta planificación y acción cuidadosa proporciona una mejor calidad de vida y, a la vez, también reduce su vulnerabilidad social y económica. 

Invertir en crear comunidades más seguras -de cara a nuestra realidad de vulnerabilidad continua ante los desastres naturales, sumado a las consecuencias económicas y sociales que ello implica- debe ser siempre la prioridad. No atender esto resultará en promover la informalidad de la construcción y la desarticulación en el desarrollo de nuestro país.

Yolanda, sus vecinos y todos los puertorriqueños debemos aspirar a vivir en comunidades resilientes, seguras, resistentes y, ante todo, en armonía con la naturaleza. El tiempo es ahora y es impostergable. Mañana será demasiado tarde.


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