Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Trump, el truculento

Gracias a sus suspicacias sobre la inteligencia de los votantes, los “Founding Fathers” establecieron la supremacía del Colegio Electoral sobre el voto popular.  Trump es su resultado más lúgubre.

Una vez elegido, Trump nombró una Secretaria de Educación que no cree en la educación pública y que además piensa que tener armas en las escuelas es una buena idea.  Los osos pueden atacar, dijo como explicación. En la agencia encargada de proteger el ambiente, nombró una persona que piensa que los cambios climáticos son una conspiración de científicos y liberales contra el “libre mercado.”  Para el Departamento de Energía, seleccionó al exgobernador de Texas, Rick Perry, quién, en otra vida, opinó que tal departamento debía ser eliminado.  Para el Tesoro, nominó a un antiguo “hustler” cuya compañía financiera se dedicó a timar personas de bajos ingresos y a dejarlas sin casas. 

Es la truculencia transparente manifestada en un deseo explícito de socavar y eliminar toda agencia pública que provea oportunidades y recursos para los más desventajados en la sociedad norteamericana. 

La expresión más excelsa de la truculencia quedó reservada para el Departamento de Justicia, donde el galardonado fue Jeff Sessions, un senador blanco del glorioso estado de Alabama, retranca de la prepotencia racista en años idos, y quizás solo superado por Mississippi.  Fiel a la ética de los aristócratas sureños, Sessions no reveló sus reuniones amigables con el embajador ruso y ya estaba preparado para también supervisar la investigación sobre la interferencia del régimen putinesco en las pasadas elecciones.   Todo un ejemplo de imparcialidad.  Aquí la omnipresencia del FBI en Washington intervino.  Los encuentros fueron grabados, no habían sido para leer a Solzhenitsyn, la prensa los informó, y Sessions prometió inhibirse. 

Pero su promesa no le impidió participar en la comedia montada para “justificar” la salida forzosa de James Comey, director del FBI, la agencia que investiga posibles fechorías cometidas por personas allegadas al presidente o por Trump mismo.  En testimonio congresional en los pasados días y como buen potentado sureño, Sessions invocó su honor, se negó a hablar de sus conversaciones con Trump sobre la sombra rusa, y no respondió a la pregunta de por qué participó en la expulsión de Comey, después de haber prometido inhibirse.  “I don’t recall,” fue su respuesta-refugio ante preguntas sobre posibles reuniones con oficiales rusos durante la campaña presidencial.

En algo más siniestro, el general Michael Flynn fue escogido como asesor en seguridad nacional.  El único problema era que Flynn tenía conexiones sospechosas con la inteligencia rusa, trató de sabotear sanciones del presidente Obama contra esa nación, y luego mintió sobre sus intentos.  Una pena que sus conversaciones tampoco escaparan las redes del FBI y, de alguna manera, la prensa se enteró de las mismas. 

El “Russian affair” apunta en una sola dirección:  Trump ni siquiera tiene interés en defender la seguridad nacional de Estados Unidos y mucho menos salvaguardar la integridad de las formas electorales.   El Partido Republicano, el mismo que produjo al macartismo en los años 50s y viera a Rusia, hasta ayer, como su archienemigo, hoy no duda en exonerar, contra toda evidencia, las andanzas del celebrity TV star que es hoy presidente.

En lo doméstico, el Partido Republicano intentó desmantelar el Obamacare al costo de excluir de cobertura médica a 24 millones de ciudadanos.  Ese intento ni siquiera llegó a votación por falta de votos en sus propias filas.  En un segundo intento, y sin siquiera tener el análisis provisto por la Oficina Congresional de Presupuesto, aprobaron un plan que, de ser ratificado en el Senado, dejará sin servicios médicos a 23 millones.  [Trump aplaudió la aprobación, pero en otro de sus virajes abruptos y ya predecibles, hace unos días dijo a los senadores que el plan republicano era duro, mezquino, “mean.”]  Como ejemplo dramático del carácter homicida de la ideología que los arropa, el presupuesto de Trump propone eliminar fondos a la oficina nacional para el control de drogas en el mismo instante en que miles de jóvenes en comunidades pobres y blancas están a la merced de una epidemia de sobredosis.

Y no hablemos del racismo inscrito en los decretos y persecución contra migrantes latinos.

Es un panorama oscuro y desorientador.  Quizás la jocosidad inherente en el Plan Tennessee será un momento gracioso en medio de la tenebrosidad que hoy asola a Estados Unidos.

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