Ricardo Alegría Pons

Punto de Vista

Por Ricardo Alegría Pons
💬 0

Viejos caminos para una nueva política en Puerto Rico

El fin ulterior de la política es la toma del poder.  Si entendemos por poder, la capacidad de producir los efectos deseados sobre los otros – o sea, imponer nuestra propia voluntad sobre terceros. Lo que en cambio no está tan claro es saber de antemano ¿el poder para qué?

Alguien en plan cínico incluso llegó a decir que la política es el arte de evitar que el pueblo se preocupe de aquello que le atañe, que es lo mismo que decir, no preocuparse de lo que debiera preocuparse.

Por consiguiente, si bien cierto que el fin de la política es la toma del poder, en su discurrir no puede obviarse su incuestionable carácter didáctico-educativo. 

La política puertorriqueña, rehén por espacio de más que quinientos años de un intenso proceso de aculturación política, es de esperar que cargue consigo con múltiples taras de perversión política.

Al presente parecería, sin embargo, haberse llegado al consenso de la necesidad del atributo de la soberanía para poder afrontar con realismo y efectividad nuestros múltiples problemas sociales. 

Ya muy pocos ponen en duda que Puerto Rico es una nación.  Una nación es el precipitado de generaciones sucesivas que a lo largo del tiempo han coagulado un carácter y personalidad propia. Por esto F. Fanon se refiere a la nación como “una exigencia”.

Como es sabido, una nación no significa lo mismo que un estado.  Hay naciones sin estado, como hasta el siglo pasado los judíos y al presente los kurdos y los puertorriqueños.

No se explica, por lo tanto, por qué la política puertorriqueña emulando al moriviví persiste en un eterno retorno a aquellos senderos que creíamos hace rato superados de “viejos caminos para nuevos objetivos”, ciertamente de 1946 hasta acá ha pasado mucha agua bajo los puentes. 

Que no se desande el camino recorrido y se recicle aquella referencia a la soberanía de triste recordación:

Aunque hoy debiera ser bien claro que la idea de soberanía es de valor relativo y transitorio, se acostumbra todavía exagerar su importancia y tergiversar su significado.  (La Nueva Constitución de Puerto Rico, Ed. U.P.R. 1954, pp. 119-120).

La soberanía no es otra cosa que el oxígeno de un estado. 

Sólo por esto resulta imprescindible establecer en que consiste “lo específico, lo privativo y exclusivo de la soberanía, sin deshacerla y convertirla en sinónimo de cualquier otro modo de dominación política.” (Nicolás Ramiro Rico).

Kelsen ha expuesto con claridad diáfana a que nos referimos por soberanía.

Un orden supremo cuya vigencia no es derivable de ningún otro orden superior. Conforme a esto, carecerá de soberanía aquella comunidad cuyo ordenamiento éste situado bajo otro superior y encuentre en éste su razón de vigencia.

Es por esta elemental razón que las unidades políticas que integran una Federación – contrario a una Confederación – llámese a estas departamentos, provincias o estados carecen de soberanía, porque es la unión federal quién la posee. 

Siguiendo ese fin didáctico – educativo de la política es preciso evadir cualquier intento de retorno a aquellos “Nuevos caminos” que han traído estos lodos postergando u tergiversando la imprescindibilidad de la soberanía. 

En este sentido, habría que aclarar que no es lo mismo fórmula de estatus que formula descolonizadora, que el antídoto de una colonia no es la asimilación a la Metrópoli imperial. (Esto desde luego, a menos que a estas alturas no se considere a Puerto Rico una Nación sociológica y/o no se tenga reparo a su eventual asimilación cultural.)

Conviene dejar esto claro desde un principio para evitar malos entendidos luego. Por todo lo cual, equiparar, legitimando de paso, la anexión como fórmula válida descolonizadora – estableciendo como prioridad la atención de los múltiples problemas que aquejan al pueblo puertorriqueño – cuya definitiva solución depende precisamente de contar con el poder soberano, confunde más que ilustra. 

Es desandar viejos caminos ya trillados para reincidir en también viejos objetivos. Todo en aras de una llamada “nueva Política”. 

La política, desde luego, participa de tácticas y estrategias, pero también de cuestiones de principio.


Otras columnas de Ricardo Alegría Pons

domingo, 9 de febrero de 2020

La política descafeinada

El postergar la apremiante necesidad de soberanía, no ilustra, soslaya. Es recurrir una vez más al parche evadiendo el cambio de la goma averiada. Es política sin cafeína, dice Ricardo Alegría Pons

💬Ver 0 comentarios