Luce López Baralt
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El Nuevo Día 50 años: medio siglo en nuestra historia

En ocasión de nuestro 50 aniversario, que se cumple el lunes 18 de mayo, El Nuevo Día ha invitado a escritores prominentes a reflexionar sobre el acontecer noticioso en Puerto Rico y el resto del mundo en las pasadas cinco décadas, con una mirada a futuro. La escritora y profesora Luce López Baralt da inicio a esta serie de columnas de Opinión.

Cubrir sostenidamente medio siglo de historia constituye una verdadera proeza periodística, y hoy El Nuevo Día celebra haberlo podido lograr. Puesta en la coyuntura de hablar sobre este período histórico, reflexiono que, cuando leo sobre tiempos pasados, lo que más me conmueve saber es cómo se siente la persona ante lo vivido. Más que las elucubraciones teológicas de San Agustín, prefiero escuchar sus Confesiones: comprender cómo reaccionó cuando se separó de su amada y cómo experimentó la iluminación mística. Asimismo, las disquisiciones morales de Petrarca no comparan con su Secretum, en el que admite que deseó carnalmente a su intocable Laura; que buscaba desordenadamente la fama e incluso padecía de accidia o depresión. De la literatura morisca del siglo XVI me impresiona el llanto de los vencidos en ocasión de la toma de Granada y su angustia cuando les suplantan a la fuerza el árabe por el castellano. No es fácil dejar de ser.

Aprendí sobre la importancia de historiar las emociones en dos escritos íntimos: los diarios de mi padre y de mi bisabuelo. La invasión de Puerto Rico por la marina de guerra norteamericana en 1898 obligó a mi antepasado Esteban López Jiménez, médico titular de Fajardo, a escribir sus memorias. Más que en los hechos, carga la mano en su reacción ante lo sucedido. Estamos ante la única crónica que explica cómo se sintió un puertorriqueño en el 98. Cuando unos trece soldados izaron la bandera norteamericana en Fajardo, mi antepasado confiesa que su identidad puertorriqueña estalló como vidrios rotos. Todo lo que le era propio quedaba en suspenso: idioma, cultura, religión. Llora de humillación cuando ve que los mismos que habían aplaudido en la plaza el izamiento de la enseña americana volvieron a aplaudir la bandera española, que las tropas izaron cuando retomaron Fajardo al día siguiente. 

 Por el diario de mi padre sobre nuestra infancia en medio de la Guerra Mundial, supe que cuando Alemania se rindió ante los aliados me habían salido “dos dientitos preciosos”. Rompe la noticia del fin de la guerra con Japón, y mi progenitor pondera cómo mi hermana y yo dormíamos ajenas a “la tragedia que se había desdoblado” durante nuestra temprana niñez. Para Papi los asuntos de sus criaturas pesaban más que los hitos históricos que tanto lo habían agobiado. Por su escrito supe bien cuánto nos quiso.

 Cuando El Nuevo Día se estrena en 1970 coronan a Marisol Malaret como Miss Universo. El evento da un espaldarazoal recién inaugurado rotativo, que fue el único del país que cubrió el evento en Miami. Yo estaba en Beirut y los libaneses me dieron, alborozados, la noticia. Admito el orgullo patrio que sentí, pese a lo banal de estos concursos: vengo de un país invisibilizado que reclama cualquier migaja de reconocimiento. (Por cierto, que la larga secuela de reinas que acumulamos apunta a que, por milla cuadrada, debemos ser el país con más mujeres hermosas del mundo).

 El arte, la ciencia y el deporte nos internacionalizan más que estos certámenes y que los sucesos políticos: de ahí mi emoción al escuchar la música de Rafael Hernández en el centro de Estudiantes de la Universidad de Tokyo, pues presagiaba el éxito internacional de Ricky Martin, del célebre “Despacito” y del Hamilton de Lin Manuel Miranda. Sentí especial júbilo ante el triunfo de La Guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez; ante el galardón de Francisco Rodón en Medellín y la nominación del Oscar para Jacobo Morales, que luego recibió Benicio del Toro. ¿Y qué decir cuando “Qué bonita bandera” sonó desde el espacio gracias al astronauta puertorriqueño Joseph Acabá? 

 Me consternó el trágico fallecimiento de Roberto Clemente en 1972, tras alcanzar su hit 3000. Qué orgullo, sin embargo, pensar que murió honrando su nombre, en un acto de clemencia para las víctimas del terremoto de Nicaragua. Un mártir de la caridad, cuya santidad laica me evoca a nuestro Carlos Manuel, beatificado en 2001. Un amigo teólogo que participó en el proceso en Roma me comunicó su alegría al saber que beatificaban a un puertorriqueño. Otra vez llegábamos lejos. 

 Acontecimientos como estos han consolado mi puertorriqueñidad, huérfana de estima propia. Confieso, sin embargo, que me desasosiega lo que venimos experimentando como país en los últimos años. Promesa y la Junta Fiscal dieron al traste con los escasos vestigios de autonomía que teníamos. Hoy hemos desembocado en un limbo político: la frágil autonomía colapsó, la estadidad carece del respaldo de la metrópoli y el ímpetu separatista languidece. Parecería que nuestro único proyecto de país es allegar más fondos federales. Siento estupor, vergüenza, impotencia.

 Otros acontecimientos recientes exacerban esta vulnerabilidad: quiebra económica, corrupción irredenta, dos huracanes, terremotos sin tregua, pandemia global. La sensación de esperanza en el futuro que viví en mi niñez hoy parece inverosímil: los políticos no se lucraban, los fenómenos naturales nos eludían. De niña me decepcionaba cuando los huracanes no tocaban tierra y nuestra “aventura” con los vientos se esfumaba. Los terremotos que describían los abuelos eran, por más, una “quimera” del pasado.

 ¿Qué nos queda en medio de esta crisis, inimaginable años atrás? Asumo mi propio desconcierto, pero abrazo la esperanza. Decía antes que siempre me interesó saber cómo se sintieron los que vivieron épocas excepcionales. Al hablar sobre sus sentimientos en medio de conflictos bélicos, mi bisabuelo se confrontó con su identidad puertorriqueña y mi progenitor con su inmensa vocación paternal. Los moriscos descubrieron, por su parte, lo amargo que es asimilarse culturalmente. Cuando escribimos sobre nuestra reacción ante los acontecimientos nos comprendemos mejor e incluso podemos adquirir más control sobre los hechos. “Conócete a ti mismo y conocerás el universo”, leemos en el Templo de Apolo en Delfos. En el interior del hombre habita la verdad, dijo después San Agustín, a lo que Unamuno ripostó con su famoso ¡Adentro!

 Ojalá el próximo medio siglo nos sea benévolo. En buena medida, depende de nosotros. Y de cuán bien nos conozcamos.

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