Luce López Baralt
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Hermanados en la pandemia

La pandemia del coronavirus nos ha hermanado a nivel global. Hemos estrenado nexos fraternos, urgentes, íntimos, con Asia, con Europa, con Oriente, con las Américas, con el Caribe y, sobre todo, con nuestros compatriotas puertorriqueños. Todos sentimos el mismo miedo, la misma incertidumbre, la misma impotencia ante una ciencia médica que no alcanza aún a controlar el temido brote viral. Según el huracán María nos permitió comprender de primera mano el pavor instintivo de nuestros abuelos ante los fenómenos atmosféricos letales, ahora podemos hacernos cargo de cómo se sintieron nuestros remotos antepasados ante las espantosas pestes que los asolaron, aun peores que la nuestra. No estamos a solas con nuestro virus, ni hoy ni ayer. Justamente por esto importa recordar que las epidemias que sufrieron los antiguos terminaron por superarse y ahora son historia. También la nuestra será historia algún día. No estrenamos tragedia, antes, la revisitamos. Como hermanos.

La lepra, endémica hasta tiempos recientes, producía tal temor que los enfermos tenían que anunciarse con campanillas para avisar a los viandantes que andaban cerca. Los egipcios, según Éxodo 7-11, sufrieron plagas inacabables de ranas e insectos, lluvia de granizo y fuego, tinieblas, ganado infectado y aguas que se tornaban rojas como la sangre. Desde tiempo inmemorial las epidemias se asocian con la ira de Dios ante las iniquidades del ser humano, aunque algunos científicos observan que varios fenómenos naturales coincidieron con los cataclismos que ayudaron a liberar a los israelitas del cautiverio: episodios de ántrax o peste bovina y escapes de dióxido de carbono y hierro producidos por la erupción de volcanes en las islas mediterráneas. 

Las plagas (vividas o anunciadas, como en el caso de Apocalipsis 15:1), se han abatido sobre la humanidad durante milenios, pues son parte intrínseca de la vida en el planeta. La peste del siglo II en tiempos de Marco Aurelio devastó Roma, y la de Justiniano, de los siglos VI-VII, mató a más de 600,000 personas. Pero la mayor epidemia de la historia europea fue la temible peste negra o bubónica, que asoló el continente a mediados del siglo XIV. Los historiadores sospechan que acabó con un tercio (o quizá más) de la población europea: es decir, con 75 millones de personas. La debacle demográfica tardaría un siglo en recuperarse. La aterradora plaga fue aludida como la “peste bubónica” porque los nódulos linfáticos del enfermo se hinchaban, y como “peste negra” porque presentaban manchas negras en la piel debido a hemorragias subdurales, como recuerda Ole Benedictow. Pero también la llamaban “negra” por el horror que producía, que tiñó de luto para siempre las otrora coloridas góndolas venecianas. 

Hoy sabemos que las pulgas de las ratas negras, omnipresentes en aquellas épocas refractarias a la higiene, causaron --y propagaron-- la epidemia. No había adónde huir,pues las ciudades estaban cundidas de roedores y el campo, con sus graneros y molinos, alimentaba a su vez las ratas. El mal se atribuía a las miasmas del aire corrupto o a los vapores de la tierra, e incluso a una mala aspectación astrológica. ¿Culparían algunos a las ratas? Quizá, porque en el siglo XV crece el culto a la “Patrona de los gatos”, santa Gertrudis de Nivelles, y hoy sabemos que los felinos ayudaban a controlar la pandemia diezmando la población de roedores. 

Se sospecha que la peste negra se originó en la Crimea y de allí se propagó al Medio Oriente y Europa a lo largo de las rutas comerciales. Hubo barcos --plagados de ratas, como de costumbre-- que arribaban a puerto con toda su tripulación fallecida. Fueron tantos los muertos que era imposible disponer de los cadáveres, que se abandonaban en medio de la calle, en el interior de las casas o bien en fosas comunes, como una del siglo XIV que se ha descubierto recientemente en una basílica de Barcelona (El País: 08/ 10/2014). Imposible no recordar la pista de hielo que el Madrid de nuestros días ha convertido en morgue; las fosas comunes para los muertos no reclamados en Estados Unidos. 

Los enfermos de la peste negra se ponían en cuarentena, palabra derivada del italiano quarantina, que computaba el tiempo necesario para que la virulencia del mal se extinguiera. Hoy experimentamos encerronas similares en nuestras propias casas, pero en aquel entonces las ratas pululaban en las viviendas hacinadas y el mal continuó extendiéndose. La pandemia trajo otras desgracias: los comercios y las cosechas se descuidaron y muchas personas debilitadas se hicieron más susceptibles a la peste, o bien sucumbieron a la desnutrición. Como siempre, la sociedad culpó a los grupos minoritarios, tantos extranjeros como judíos, que fueron acusados de envenenar el agua. Otro tanto sucede hoy en Estados Unidos, donde los asiáticos son vituperados públicamente por estar asociados a lo que han dado en llamar “Chinese virus”.

Había médicos que atendían la peste --el taumaturgo Paracelso fue uno de ellos-- y eran muy bien remunerados porque les era forzoso aislarse de la sociedad. Se protegían con un atuendo negro que hoy nos atemoriza por su talante siniestro: una cobertura cubría el rostro e iba adjunta a una máscara en forma de pico de ave de medio pie de longitud. El pico se rellenaba de paja para purificar el paso del aire y de yerbas aromáticas como protección contra las miasmas del aire podrido que presumían causaba el morbo. Los galenos llevaban lentes sobre los ojos, guantes, capas, botas y sombrero protector, como ilustra un grabado de Paul Furst (1556). El tratamiento de estos galenos consistía en poner sapos o sanguijuelas sobre los bubos de los pacientes para “rebalancear los humores”. Se servían de un bastón de madera para examinar de lejos a los enfermos, o incluso para golpearlos, si así lo pedían como parte del arrepentimiento de sus pecados, pues creían que la plaga era un castigo divino. Los festejantes de carnavales como el de Venecia han lucido irónicamente los atuendos sombríos de aquellos médicos de antaño, pero de repente este disfraz ha adquirido unos inquietantes sobretonos fraternos. Hoy nuestros médicos se sirven de un atavío sanitario grotesco que más parece traje de astronauta que bata blanca. A su manera, es tan espeluznante como el medieval: nos hermana el temible disfraz, que delata una misma impotencia científica.

Como era de esperar, el arte se hizo eco de los horrores de la epidemia: basta evocar los angustiantes lienzos del holandés Pietr Brugel y el Decamerón de Giovanni Boccaccio (1348). El florentino pone en labios de diez jóvenes que escapan de Florencia al campo los cien cuentos que constituyen la obra: algunos, muy picantes, otros, muy devotos. Tras un Proemio curiosamente “feminista”, Boccaccio recuerda vívidamente, como testigo de vista, la hediondez de las calles, la muerte en solitario, las cosechas abandonadas, los lazos familiares traicionados por el miedo, la desesperación de los que se refugiaban en el sexo y la embriaguez, el heroísmo de muchos cuidadores. Una de sus viñetas más escalofriantes narra el caso de un hombre fallecido que arrojan a la vía pública. Dos cerdos hambrientos intentan engullir sus mejillas, pero enseguida caen muertos sobre los despojos del cadáver. 

Esta particular plaga medieval todavía imanta la imaginación: en La peste (1947) Albert Camus imagina que Orán sufre otro brote de la plaga bubónica y reflexiona sobre las consecuencias que la misma tiene para la libertad individual coartada. En 2015 Vargas Llosa homenajea a su vez el Decamerón en su obra teatral Los cuentos de la peste, en la que él mismo actuó. Cuando nos reunimos con él tras la presentación en Madrid, estábamos lejos de imaginarnos que en breve a todos nos tocaría vivir una versión moderna de la peste.

La humanidad ha seguido sumando nuevas plagas. Incluso el descubrimiento del Nuevo Mundo propició terribles contagios, y se estima que el 95% de la población indígena murió no solo a causa del maltrato sino de las epidemias que los españoles importaron, para las que los nativos no tenían anticuerpos. Luego hemos tenido el omnipresente cólera, que García Márquez usa de marco para su historia del amor en la tercera edad; la malaria, que los ingleses combatían en la India con ginebra y tónico saborizado con quinina, dando pie al moderno gin tonic. En 1898 la viruela asoló Puerto Rico, ocasión en la que mi bisabuelo médico recibió la Orden de Isabel II por su heroísmo durante la epidemia. Enseguida vino la invasión norteamericana, y los esfuerzos de vacunación colapsaron por el paso del huracán San Ciriaco en 1899. (No somos los únicos en ser revisitados por cataclismos consecutivos...). 

La mal llamada gripe española del 1918, que recibió su injusto nombre porque España, neutral en la Primera Guerra Mundial, y ajena a la censura de guerra, fue el primer país en delatar la epidemia, mató a 50 millones de personas. Fue la crisis sanitaria más grande del mundo hasta entonces en términos de su balance demográfico y, para colmo, coincidió con los estragos de la guerra. 

La tuberculosis ha tenido numerosos brotes, pero la eclosión que hizo en el siglo XIX la consagró como la “enfermedad romántica”. La identificación de su bacilo le ganó el Nobel a Robert Koch en 1905, pero el mal siguió haciendo estragos por mucho tiempo. Mi abuela la sobrevivió tras un largo sufrimiento: su madre murió tísica al darla a luz, y las hermanas casadas que se iban turnando para cuidarla fueron muriendo una a una. Recuerdo que para mi abuela engordar era imperativo, porque la delgadez era posible síntoma de la tuberculosis. Una antepasada de mi marido se salvó del mal porque dejó de dar la mano, nunca comía fuera de su casa ni apoyaba sus codos en los descansabrazos de las butacas. Hoy la comprendemos mejor. La consunción acaso sea la enfermedad más celebrada por el arte: la pintó Boticelli, la evocó Alejandro Dumas en La dama de las camelias, que dio pie a las cadencias de La Traviata; Víctor Hugo la recordó en Los miserables y Edgar Allan Poe en “El extraño caso del doctor Waldemar”. La montaña mágica de Thomas Mann (novela que relee Vargas Llosa para olvidar el coronavirus) explora la psique de los tísicos que enfrentaban el mal en el sanatorio de Davos. Para mí incluso la inefable música de Chopin transmite la melancolía del morbo que padeció: confieso que en Valdemosa besé la máscara en yeso de su mano emaciada, a la que tanto debe la humanidad. 

Luego hemos padecido plagas modernas como el zika y el ébola, y aun otras que duplicaron el sufrimiento por estar asociadas a la conducta de las víctimas, como la sífilis y el sida. Como la polio, que hizo estragos en mi niñez, logramos curarlas. Y ahora nos enfrentamos al coronavirus, aun huérfano de solución. ¿Qué lecciones podemos extraer al colocar el nuevo COVID-19 en este marco de referencia al que pertenece históricamente? Ya apunté a la hermandad que nos une a las víctimas, pasadas y actuales, de las plagas. No estamos solos; antes de nosotros muchos hermanos atemorizados sufrieron lo mismo. De otra parte, y sin proponerlo, le hemos dado un respiro al planeta, cuyos lagos y plantas reverdecen libres de la intoxicación con la que los asfixiábamos. Dicen que en los canales de Venecia se han avistado delfines, pececitos y aves acuáticas: si non è vero, e ben trovatto. Importa recordar también que las pandemias antiguas terminaron por extinguirse; tarde o temprano, esta también terminará. Y dejará a su paso un nuevo saldo de expresiones artísticas: habrá nuevas Traviattas, nuevos cuentos del Decamerón, nuevos Bruegel, nuevos héroes y santos. Pensemos en ese futuro soleado que nos aguarda mientras aprovechamos el obligado aislamiento monacal para la introspección, para ponernos al día con lo Alto y con el arte, y para dar ejemplo de alegría a los demás. El optimismo y la capacidad de adaptación nos ayudan a sobrevivir mejor.

A partir de esta pandemia global seremos una sociedad distinta. Así pasó con la peste negra: la gran emigración de los sobrevivientes del campo a las ciudades las ayudó a recuperar su dinamismo, y algunos historiadores opinan que esto aceleró el Renacimiento que modernizó a Europa.  No podemos dibujar aún el mapa de nuestra sociedad post-coronavirus; pero colaboremos para que sea más justa, más vibrante, más consciente con el cuido del planeta y, sobre todo, más compasiva.


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