Luce López Baralt
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Villancico en Central Park

El poeta Gerardo Diego asoció el Misterio de la Navidad con la poesía misma: “Poesía de Navidad. Dos palabras que se funden en una sola: porque la Navidad es ya la poesía”. En efecto, los poemas en honor al prodigio de Belén celebran el roce con el Misterio último. Este género del villancico se remonta a las antiguas canciones de villanos o campesinos, pero muchos escritores clásicos también lo hicieron suyo, desde el anónimo autor del Auto de los Reyes Magos hasta Sor Juana Inés de la Cruz. Lope de Vega cantó sus villancicos al son de sonajas, panderos y rabeles en sus Pastores de Belén, celebrando al “Niño que duerme al hielo”. Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti, entre otros, culminan esta venerable tradición que aún pervive en canciones navideñas populares como el “Villancico yaucano” de Amaury Veray y las inigualables pastorales de Danny Rivera. El villancico canta al milagro de la Encarnación y, como toda buena poesía, intenta a su vez aprehender el Absoluto con la palabra humana, pese a su desvalida insuficiencia. El Pseudo Dionisio Areopagita se refiere al lenguaje del Paraíso al que todos los poetas aspiran: mientras más alta es la jerarquía de los ángeles, menos palabras usan para celebrar a Dios. Ya las últimas potestades, en contemplación directa de la Divinidad, se sirven de una única palabra o sonido, preñado de una infinita simultaneidad de sentidos. Santo Tomás celebra esta palabra incandescente en su De locutionibus angelorum (“Del lenguaje de los ángeles”). Todo poeta aspira a encontrar esa palabra fresca aun del contacto celeste; ese “nombre exacto” de las cosas que diría Juan Ramón Jiménez. Máxime si el poema canta al milagro indecible del Niño-Dios.

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