Fernando Cabanillas

Consejos de cabecera

Por Fernando Cabanillas
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Los racistas somos nosotros

En estos días turbulentos, he sentido la impetuosa tentación de comenzar esta columna abordando el antipático tema del racismo, pero siempre empiezo con temas médicos y no voy a hacer una excepción, por lo menos no al principio de esta columna.

Por desgracia, los humanos frecuentemente gravitamos hacia el racismo, unos mucho más que otros. De más está mencionar nombres, pero ¿será posible que también los virus sean racistas? Parecerá absurdo; sin embargo, los datos indican que los negros y latinos se afectan desproporcionadamente por el coronavirus. Las muertes afroamericanas por COVID-19 son casi dos veces mayores en proporción al tamaño de su población. En cuatro estados de la nación estadounidense, la tasa de infección es al menos tres veces mayor en esos dos grupos étnicos. En 42 estados, los latinos representan una mayor proporción de casos en comparación con su población. En ocho estados, es más de cuatro veces mayor. Por ejemplo, en Wisconsin, al menos 141 afroamericanos han muerto, lo que representa el 27% de todas las muertes en un estado donde solo el 6% de la población es negra.

¿Por qué? Sabemos que estas disparidades raciales no son el resultado de que el virus prefiera atacar y matar más a los latinos y negros, sino que responden a realidades prepandémicas. Es el resultado de un legado de discriminación que ha limitado el acceso a la atención médica para las minorías étnicas. En resumen, el virus no es racista, los racistas somos nosotros.

Una estrategia efectiva para frenar el virus debe incluir un aumento en el número de pruebas diagnósticas para luego poner los casos en cuarentena y rastrear sus contactos. Pero en abril, los funcionarios de salud de Nueva Orleans se percataron de que su estrategia de hacer las pruebas diagnósticas por “servicarro” no estaba funcionando bien. ¿La razón? Los puntos calientes del virus se encontraban en vecindarios afroamericanos de bajos ingresos, donde muchos residentes carecían de automóviles.

En Puerto Rico carecemos de datos para comparar la incidencia entre negros y blancos. La razón es obvia: aquí no existe una división clara entre negros y blancos, ya que hay un número muy sustancial de boricuas que caemos en medio de aquellos manifiestamente negros y los definitivamente blancos. No obstante, debiéramos intentar generar datos de cómo el COVID-19 ha impactado los barrios pobres de la isla. Esos datos no los he visto y quizás no son fáciles de generar. Pero tomemos, por ejemplo, un municipio pobre como Loíza, donde se han reportado 33 casos en su población de 30,020 personas, lo cual representa una incidencia de 0.11% (11 de cada 10,000 personas). Comparemos esta cifra con la de un municipio más afluente como Guaynabo, donde han ocurrido 248 casos en una población de 98,000 para un 0.25% (25 de cada 10,000). En otras palabras, en Guaynabo la incidencia de COVID-19 es más del doble que la de Loíza, exactamente lo opuesto a lo que yo esperaba. Esa diferencia es sumamente significativa desde el punto de vista estadístico. ¿Cómo la explicamos? Una posibilidad es, que, debido a su mayor poder adquisitivo, los guaynabenses viajaron más al principio de la pandemia; por ende, se contagiaron y luego regaron el virus en su entorno.

En cuanto a la mortalidad, no podemos juzgar las diferencias entre pobres y ricos porque son muy pocos los muertos en toda la isla para poder conducir un análisis estadístico.

¿Y qué podemos decir en cuanto a los países afectados? ¿Por qué un país como Chile tiene una incidencia de 7,021 casos por cada millón de habitantes cuando su vecino inmediato, Argentina, tiene solo 505 por cada millón, y su otro vecino, Uruguay, 243? ¿Será porque en Chile hay una población indígena mayor que en Argentina, o será que no tomaron las debidas precauciones? Me explica un amigo médico chileno: “empezamos en marzo con la suspensión de clases y cuarentenas parciales donde había brotes… posiblemente ese fue un error al no ser cuarentena total, y lo otro es que inicialmente la gente no hacía caso a la autoridad. No obedecer a la autoridad era ‘cool’… ahora estamos pagando el costo, estamos a punto de desbordar”.

¿Tiene que ver algo el clima con la incidencia? Miremos algunas regiones, como por ejemplo África, con un clima caliente. Calculé el promedio de casos de los 56 países que componen esa región y para mi sorpresa, solo hay 441 casos por millón de habitantes. Entre Canadá y Estados Unidos, el promedio es de 3,552 por millón, ocho veces más que en África. Esto sugiere que el clima posiblemente tiene relación directa con la pandemia. Sin embargo, en Puerto Rico tenemos un clima un poco más caliente que África y tenemos 1,590 casos por millón, una incidencia casi cuatro veces mayor que ellos, y en la República Dominicana tienen 1,808 casos por millón. 

En Europa y New York, el número de casos nuevos parece estar disminuyendo, pero no es posible atribuirlo a que está calentando el clima porque en algunos estados como Texas la incidencia está aumentando. Es interesante que el italiano, Dr. Alberto Zangrillo, alega que el virus parece estar “envejeciendo o cansándose”. Los últimos casos de pacientes infectados que él ha analizado, tienen una carga viral muchísimo menor que al principio de la pandemia. Esto significa que el número de partículas virales recuperadas de los pacientes más recientemente diagnosticados es significativamente menor. Para estar seguro habrá que investigar más casos.

¿De qué se quejan muchos de los pacientes afectados por COVID-19? ¡No puedo respirar… no puedo respirar! Y los médicosreaccionamos administrándoles oxígeno.  ¿Y cómo reaccionó Trump ante la muerte de George Floyd cuando no podía respirar? No se excusó con George en nombre de los policías y de su nación, ni intentó una reconciliación del país con los afroamericanos por ese monstruoso crimen, sino que refiriéndose a la tasa de desempleo que había bajado en mayo, afirmó: “Espero que George esté mirando hacia abajo en este momento y diciendo esto es una gran cosa que está sucediendo en nuestro país...” 

Difícilmente algún ser humano pueda superar este grado de insensibilidad, torpeza y enajenación. Y a propósito, se le olvidó mencionar que, para los americanos negros, la tasa de desempleo realmente aumentó. Independientemente si mejoró o no, me pregunto yo, ¿Trump será capaz de interpretar la felicidad fuera del estricto contexto de dólares y centavos?




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