Irene Garzón Fernández

De primera mano

Por Irene Garzón Fernández
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No enmudezcamos ante el racismo

El asesinato de George Floyd en Mineápolis, perpetrado por un policía que se arrodilló sobre su cuello durante ocho minutos y 46 segundos, ha despertado a millones de personas en muchos lugares del mundo.

Las protestas, que no solamente son contra el crimen sino también contra las continuas arengas y amenazas de represalias del presidente Donald Trump, no han calado como deberían en Puerto Rico.

Las medidas de precaución contra el contagio de coronavirus están resultando ser la excusa perfecta para que no se haya masificado la indignación popular en la isla.

Sin embargo, esa circunstancia, que se complica con el toque de queda que dificulta cualquier esfuerzo de protestar en la calle, no debería impedirnos hablar públicamente del tema, expresar nuestra indignación, solidarizarnos con la lucha que se libra en las calles de muchas ciudades de Estados Unidos.

Lamentablemente, con muy pocas, aunque notables excepciones, en Puerto Rico somos capaces de desafiar al virus yéndonos de compras, a la playa o de paseo, pero enmudecemos a la hora de protestar contra el racismo.

Y es que el racismo vive en Puerto Rico, aunque no le llamemos así e incluso no reconozcamos siempre sus manifestaciones.

Los puertorriqueños entendemos mejor el clasismo, que en realidad es una manifestación de racismo. Y practicamos clasismo, no solo cuando despreciamos a otros por su pobreza, por su aspecto físico o por su color de piel, sino también cuando criticamos a quienes consideramos clasistas. El mejor ejemplo es el término “guaynabito” que se acuñó para describir a quienes gozan de una posición económica cómoda, aunque no vivan en Guaynabo.

Entristece que no seamos más proactivos en nuestra condena de la discriminación racial en Estados Unidos —discrimen que no solo afecta a los negros sino también a los hispanos y los orientales.

La comunidad boricua en Estados Unidos, la diáspora que ha sido tan solidaria con la isla, ha sufrido por décadas la discriminación racial de los “blancos” estadounidenses. Porque, aunque usted sea rubio y de ojos claros, si es boricua no es “blanco”.

Muchos de nuestros políticos conocen bien esta realidad, pero se distancian de ella. Enmudecen o hacen como la comisionada residente Jenniffer González, quien dijo esta semana que le dio “rabia” ver el vídeo del asesinato de Floyd pero se distanció de la rabia colectiva y llamó a protestar “sin hacer daño ni violencia”.

¿Es que no entiende la comisionada la violencia demostrada por esos policías en Mineápolis? ¿O la de aquellos que han cargado contra manifestantes pacíficos en las protestas en diversas ciudades?

Por supuesto que los saqueos y el desorden generalizado están mal, pero es preciso reconocer la violencia oficial contra los negros como la raíz de los recientes acontecimientos.

Distanciarnos de la realidad del discrimen racial no lo hace desaparecer. Al contrario, nos impide reconocerlo y dar la pelea hasta lograr que desaparezca.

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