Irene Garzón Fernández

De primera mano

Por Irene Garzón Fernández
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Una anécdota con Hernández Colón para la historia

El 4 de noviembre de 1988, Rafael Hernández Colón parecía tener perdida su reeelección como gobernador en los comicios que se efectuarían el martes siguiente.

Esa noche, sin embargo, todo cambió. Y, curiosamente, la virazón la facilitó su contrincante principal en esa campaña: el entonces candidato penepé Baltasar Corrada del Río.

Hernández Colón había salido en desventaja del debate televisado entre los candidatos a la gobernación, pero Corrada del Río no se conformó y lo retó a un debate particular, pagado por él, a efectuarse a las 10:00 de la noche del 4 de noviembre, el viernes previo a las elecciones.

Hernández Colón rechazó la invitación y ese mediodía reiteró a los periodistas que no acudiría. Pero, empujado por esa astucia política que le había dado la experiencia, se ideó secretamente una aparición por sorpresa en el set de televisión.

A eso de las 7:00 de la noche, hizo que su secretaria localizara a dos periodistas, a mi editora en United Press International, Nilsa Pietri Castellón, y a mí, que era reportera política y había cubierto la Fortaleza desde la administración de don Luis A. Ferré.

Ubicadas ya fuera del trabajo, nos hizo ir al hotel Regency, en la avenida Ashford, y esperar por él. No sabíamos para qué, pero intuíamos que se trataba de una noticia importante.

Poco después de las 9:00, mientras esperábamos en el vestíbulo en compañía de su ayudante, Lizzie Maldonado, apareció vestido de traje oscuro y con maquillaje de televisión en su rostro.

Allí nos dijo que iría al debate con Corrada del Río, pero que quería que, como periodistas, lo acompañáramos para reportar cualquier incidencia. Preveía que le impidieran entrar al debate después de haber rechazado la invitación y quería asegurarse de que la prensa lo contara.

Partimos en su auto oficial, con un vehículo escolta, y aguardamos a las afueras de la televisora, en Puerta de Tierra, hasta que, desde la cabina del estudio, le avisaron por uno de aquellos rústicos teléfonos celulares de entonces, que había empezado la transmisión en directo.

Ordenó a su chofer mover el auto hasta la entrada, cuyo portón estaba cerrado, y él mismo le anunció al sorprendido guardia de seguridad que se trataba del gobernador y quería entrar.

Se abrió de inmediato el portón y, una vez detenido el auto, se bajó de prisa y entró a la estación a paso ligero, tanto que era difícil seguirlo.

Al llegar al estudio, empujó la puerta, entró y, ante la mirada sorprendida de Corrada del Río, que hablaba desde un podio, le pasó por detrás, ocupó el podio vacío que había sido colocado para él y retó a su contrincante a debatir.

Detrás de las cámaras, José Alfredo Torres, ayudante de Corrada del Río, quedó también atónito y comentó: “Le dije que lo grabara de antemano”.

El país vio en ese debate a un Hernández Colón distinto al del debate oficial: agudo, riéndose, a la ofensiva frente a un Corrada del Río que no pudo recuperarse nunca del asombro.

“Eche pa’ alante, eche pa’ alante”, fue el saludo desenfadado que le dio a Corrada del Río. El resto fue un encuentro desigual que determinó el curso de la historia.

Fue un encuentro decisivo. El martes siguiente, Hernández Colón ganó la reelección por un margen de 50,000 votos.



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