Manuel Rivera
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Los desvaríos de Trump

En medio de la entrevista, recordé la imagen de aquel espeluznante personaje de la historia no muy lejana, situado en un enclave de la selva de Guyana dirigiendo a sus seguidores al suicidio masivo marcado por el advenimiento de su derrota. 

Los feligreses se fueron aglomerando en el templo sagrado para tomar el último augurio de sus profecías, una mezcla de cianuro en sumo de Kool-Aid con sabor a uvas frescas. Niños, ancianos, jóvenes, hombres de mediana edad, mujeres, algunas con meses de embarazos, se colocaron en fila, demostrando su lealtad, y la fe ciega inquebrantable que guiaron sus destinos a la tragedia. Otros, a punta de fusil, se tomaron la mezcla. 

La salud mental de Jim Jones había deteriorado. Se había convencido de que los medios de noticias del país se proponían destruirlo. Jones tenía un temor constante de perder el control de sus seguidores. 

Tomarse ese Kool-Aid se acuñó como frase en Norteamérica, que significa tener una creencia ciega y una lealtad estática a una cosa o líder, o que alguien se ha dejado engañar. Jim Jones y sus seguidores del Peoples Temple la hizo célebre con su asesinato en masa. La frase se usó mucho para describir a los que siguieron apoyando al expresidente George Bush y la guerra contra Irak, aun hasta después de descubrir que los motivos de la guerra fueron falsos. 

Cuando Juan Carlos López, el corresponsal en jefe de CNN en Español me pregunta, cerca de concluir la entrevista: “dígame, ¿qué le podría decir usted al público, como punto final, sobre su experiencia?” refiriéndose al Covid-19 que padecí y superé. 

-Diga.

Le quedan 30 segundos, advirtió: 

Levanto las manos e imploro: “No salgan. Quédense en sus casas. No les hagan caso a sus gobernadores”. Pausé y evoqué en silencio aquella frase coloquial norteamericana.

Mujeres, niños, ancianos, jóvenes, hombres de edad media, algunos que portan armas de alto calibre, como les permite la Segunda Enmienda de la Constitución, se han visto en los vídeos que le han dado la vuelta al mundo protestando por el cierre debido a la emergencia. Así se arriesgan a contraer el virus que les puede causar la muerte. 

Pero les importa muy poco el desvarío. Están listos para tomarse ese Kool-Aid. La lealtad ciega y estática de los seguidores del presidente Donald Trump, quien se percibe constantemente asechado por los medios que divulgan alegadas noticias falsas para destruirlo, los lleva a darle poca importancia a que el mandatario se haya retractado del apoyo que le dio al plan de reapertura anunciado por Bryan Kemp, gobernador de Georgia, o a la propia intención presidencial de extender el cierre por la emergencia hasta el 30 de abril. 

Dicen que la historia se repite.  Y al presidente Trump ahora se le acaba de ocurrir una nueva idea: supongamos que le podemos inyectar desinfectantes a los pacientes del COVID-19 para matar el virus y limpiar los pulmones. Le pregunta desde el podio de la sala de prensa a William Bryan, subsecretario del Departamento de Seguridad Interna, en la División de Ciencias y Tecnología. 

Qué interesante, dijo el presidente, sorprendido. Le pareció genial la idea.  

Cuidado con ese otro Kool-Aid. El número de fallecidos por el coronavirus ha sobrepasado los 50,000.

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