El espantoso caso de la violación perpetrada por siete hombres a una estudiante de una universidad estadounidense, y la aún más horrible respuesta del centro educativo a la brutal agresión, debe provocar una profunda reflexión en toda persona sensible tanto acerca de la indefensión en que se mantiene a la mujer en muchas de nuestras sociedades, como sobre la manera en que criamos a nuestros varones.
Entre el 19 y 20 de octubre del 2024, la joven víctima, entonces de 20 años y que como sobreviviente de agresión sexual no ha sido identificada, fue objeto de un brutal ataque sexual, que duró horas, de parte del grupo de hombres, en una fraternidad en la Universidad de Cornell, en Nueva York, mientras estaba drogada y ebria, sin capacidad para consentir a ninguna actividad íntima.
La víctima denunció el salvaje ataque a la policía del campus universitario varios días después; la universidad expulsó a dos estudiantes, a otros los suspendió temporalmente y a varios, de los que creía que su participación había sido menor, les impuso tomar cursos sobre acoso sexual y escribir ensayos reflexionando sobre la experiencia. Nadie fue acusado criminalmente, ni referido a las autoridades penales de Nueva York. No se supo de esto hasta que la joven interpuso una demanda civil contra Cornell el pasado mes de septiembre.
La justa indignación que resultó de la palmadita en la mano a hombres que cometieron un acto tan vil - en algún momento, uno invitó a través de una red social otros a unírseles en la agresión- una gran jurado comenzó una investigación criminal y la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, designó una fiscal especial que supervise la pesquisa. Ante la magnitud del escándalo, eso era lo menos que se podía hacer.
El resto de la sociedad - estadounidense, puertorriqueña, de cualquier sitio- tiene tarea también aquí. Nos toca, por ejemplo, examinar si son adecuados los métodos de protección que hemos diseñado para nuestros jóvenes en general y para nuestras jóvenes en particular, en el contexto universitario, que tan complejo puede ser. Un desdén tan horrible ante la víctima de un ataque tan abominable no habría tenido lugar si en Cornell existieran políticas que establecieran inequívocamente la gravedad de las agresiones sexuales y la inaceptabilidad sin matices de estos actos.
De nada valen que existan protocolos y políticas contra la violencia sexual - que las universidades están obligadas a tener por disposición del gobierno federal estadounidense - si a la hora de manejar denuncias concretas pueden desembocar en escándalos como este.
A las universidades puertorriqueñas, se les invita a tomar nota. La cultura de las fraternidades no es tan fuerte en Puerto Rico como en Estados Unidos. Pero existe, por supuesto, como donde quiera que hay personas jóvenes inmaduros por naturaleza, el potencial de problemas.
Las invitamos a revisar sus protocolos y asegurarse de que el día que le llegue una denuncia como esta sepa, contrario a Cornell, atenderla a la altura de la circunstancia.
Fuera de las universidades, y de las instituciones, hay que reflexionar también. Invitamos a todos y todas a preguntarnos qué tipo de persona estamos formando que puede ser capaz de, a lo largo de toda una noche, violar repetidamente a una fémina junto a otros varones. Conviene a todos mirarnos al espejo y reflexionar acerca de las ideas que estamos propagando acerca de la masculinidad y de lo que significa ser un hombre en la sociedad del Siglo XXI.
En resumen, esperamos que esta vez sí haya justicia para la víctima de esta salvajada, pero, mientras esto ocurre, examinemos de qué manera cada uno de nosotros puede colaborar para que estos actos tan deleznables no vuelvan o ocurrir y, si ocurrieran, encuentren una respuesta apropiada.

