Eduardo Lalo
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Entre la ruina y el escombro

A José Elías Torres

Mi salida al exterior más larga durante el encierro causado por la pandemia ha consistido en tomar cada semana la Avenida Central desde Guaynabo hasta la colindancia, en la Avenida 65 de Infantería, entre San Juan y Carolina. A esta salida repetida, solamente se ha añadido un viaje a Ponce para participar en un programa de radio y luego, gracias al interés y la generosidad de mis anfitriones, hacer un traslado al centro de Guánica y al barrio La Luna para documentar fotográficamente los daños causados por los terremotos de enero y los sismos de menor cuantía que han acaecido desde entonces.

El objetivo del traslado a la zona de la 65 de Infantería consiste en la semanal entrega de las necesidades de mi casi centenaria madre que vive en un asilo de envejecientes. Debido a la pandemia, desde hace ya más de tres meses, no he podido verla y nuestros contactos se han limitado a cortas y circulares conversaciones telefónicas. Su mundo reducido se ha achicado todavía más en estas circunstancias. El asilo se ha convertido en una zona de seguridad, en un espacio que rigurosamente es aislado y se sobrevive en él lejos de los cuerpos de las personas con las que se compartió la vida.

No sé si es por este ingrato periodo que padecemos o si es por los viejos hábitos de observación con los que he ido produciendo y armando varios de mis libros, pero el semanal traslado al asilo de mi madre se ha convertido en un ejercicio contemplativo. Frente a mí, como una cinta interminable, está la realidad de nuestro tiempo. No como una abstracción grandilocuente o como una noticia de presidentes y generales parapetados en palacios, o eventos y accidentes ocurridos en los cuatro puntos cardinales, sino la realidad de aquí y ahora, en el espacio mismo que pisamos.

A veces llego al final de la Avenida Central, cerca del prohibitivo Puente Teodoro Moscoso y enfilo por lo que se conoce como la Ramal y encuentro a mi derecha un centro comercial diseñado para objetos de lujo. Tanto el puente como el centro comercial fueron construidos en épocas diferentes, en cuatrienios dominados por cada uno de los dos partidos de siempre, sin aparentemente consideración alguna de la ciudadanía. El puente subvencionado por el Estado y dejado por este en manos de una compañía privada con un objetivo abiertamente lucrativo, ni siquiera tiene una pequeña acera peatonal ni un modesto carril de bicicletas. El centro comercial ha sido diseñado para una fracción mínima de la población y no es de dudar que se beneficiara de subvenciones del gobierno.

A un paso de ambos, está la calle Simón Madera. Allí comienza otro mundo, una zona urbana cuyas características son extensibles a la mayor parte del Área Metropolitana y su naturaleza puede hallarse lo mismo en Puerto Nuevo o Reparto Metropolitano que en innumerables urbanizaciones de Bayamón y Carolina y replicada, con variaciones, a todo lo largo y ancho del país. En su formulación más básica, lo que se ve es el cemento del ELA. Todo lo construido fue hecho a partir de la década del 50 del pasado siglo y todo lo destruido también, los barrios y bosques que arrasaron los constructores y que aún se pueden atisbar en fragmentos.

La calle Simón Madera es una muestra que pudo haber sido hecha en Country Club o Caparra Terrace o en tantas otras zonas de este espacio urbano enorme en el que también han decaído las palabras. ¿Cuántas urbanizaciones que fueron bautizadas con la pomposidad de “Mansiones”, “Alturas”, “Jardines” o “Estancias” no se han convertido en un sarcasmo ante la decadencia de sus casas y calles?

En la calle Simón Madera, como en casi cualquier calzada de lo urbanizado en Puerto Rico, perviven bajo un sol cruel las consecuencias de un enjambre de sueños vacuos y dementes: la fantasía de una colonia feliz y próspera que sería una genial excepción en el mundo.

En su extremo más cercano al Ramal, con la cabeza protegida por un sombrero que casi parece una pava y una camiseta sucia a modo de pasamontañas, una mujer vende botellas de agua entre los carros que se detienen en el semáforo. A la derecha, construidas hace décadas hay unas casas pequeñas de dos plantas, muy juntas, con callejones peatonales que hoy albergan autos montados en bloques. Más adelante, desde una casa enrejada y temerosa un ciudadano proclama el desvarío demente del colonialismo enarbolando una despintada bandera del país que nunca lo ha querido. Un poco después, toda una fachada es una instalación de pedazos de maniquís, ruedas de triciclos, juguetes, espejos que dan a la calle. Luego casas en ruinas, casas con toldos azules, casas comenzadas y nunca terminadas, casas que no parecen casas pero que lo son. Hay cráteres que hacen temblar la carrocería y alcantarillas que cruzan la calle de extremo a extremo y que de tan profundas parecen zanjas. Hay naves industriales, gasolineras, negocios que ya no contienen ni producen ni venden nada. Y al final, en el extremo que colinda con la 65 de Infantería hay un adicto mendigando en cada uno de los cuatro semáforos de la intersección.

En el barrio La Luna y el centro urbano de Guánica son dramáticos los efectos de los sismos. Hay docenas de casas que quedaron tan impactadas que serán imposibles de reparar. En casi todos los patios hay casetas de campaña y en el parque de pelota de la comunidad aún hay refugiados. Aunque vivan dentro de sus terrenos, son incontables los ciudadanos que viven a la intemperie. El toldo azul de FEMA se ha convertido en el bohío de plástico de nuestra época.

En el pueblo, la escuela construida por el ELA se vino abajo, mientras que, del otro lado de una calle angosta, la escuela que tiene casi un siglo apenas perdió unas tejas. En esta extrema colindancia de diferencias se halla una enorme y dolorosa metáfora.

La escuela del ELA que hubiera podido matar a incontables estudiantes del sismo haberse dado unos días más tarde, fue construida por el bipartidismo y sus inversionistas. Si el epicentro del sismo de la madrugada del 7 de enero se hubiera dado en la costa norte, las urbanizaciones del Área Metropolitana hubieran dado su último paso, el de la ruina al escombro.

Salvo una minoría muy selecta, Puerto Rico se debate entre la ruina y el escombro. Ese es el resultado de la era del bipartidismo. En realidad, todo Puerto Rico es Guánica.

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