Eduardo Lalo
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Es mucha la necesidad y no estamos ciegos

El domingo pasado, sin que prácticamente nadie se diera cuenta, se celebraron las primarias del Partido Demócrata de Estados Unidos en Puerto Rico. En esta afirmación ya hay varios problemas. En primer lugar, está la referencia a la celebración de una elección interna de una agrupación política cuando ya la suerte estaba echada y el candidato ya había sido establecido hacía semanas. En la primaria, por tanto, ya nada estaba en juego y su celebración se convertía justamente en el juego de unos aficionados al juego de la estadidad. En segundo término, la frase “Partido Demócrata de Estados Unidos en Puerto Rico” constituye un campo minado o una casa embrujada o un cúmulo de contradicciones o, simple y llanamente un paquete. El partido (“Demócrata”) pertenece a Estados Unidos y la celebración de su primaria en Puerto Rico expresa una conceptualización de la distancia o, si se quiere, de una frontera o diferencia ineludible. Primarias debe haber también en la Samoa Americana o las Islas Marshall y quién las toma en cuenta. Las elecciones internas de los dos partidos principales de Estados Unidos en Puerto Rico son algo así como juegos florales o añejas coronaciones de reinas de carnavales o celebraciones de enlaces entre el hijo de la familia tal y la hija de la más cual. En todo caso, rajaduras de papeleta que se hacen antes o después de una mesa reservada en un buen restaurante, previo al festejo con los íntimos de la causa (o de la fiesta de disfraces) en el caserón de un inversionista político del bipartidismo local convertido brevemente en donante en la liga “de los americanos de verdad”.

Sin embargo, la estadidad como la conocemos los puertorriqueños no la ha concebido un solo estadounidense en ya casi dos siglos y medio. Quizá debido a esto hay tantísimas cosas “lost in translation”. La estadidad era antiguamente una cuestión de meterse a la fuerza en tierras indígenas siguiendo un procedimiento muy parecido al Requerimiento de los españoles. Un oficial militar e invasor afirmaba que la frontera estadounidense se había movido mágicamente de sitio y se procedía a desplazar o eliminar a los aborígenes. Paralelamente, se propiciaba la llegada de habitantes originarios de los estados hasta ese momento ya establecidos para que, apropiándose de la tierra, la explotaran para su beneficio. Nunca la estadidad significó para los norteamericanos más fondos federales o la fantasía de un FEMA agrandado y una dependencia económica eterna. Estados Unidos es el resultado de la violenta usurpación de la tierra a otros pueblos. De esta realidad, quedan hoy patentes muestras como por ejemplo la predilección de los estadounidenses por las armas de fuego y su despliegue público y, como se ha visto dramáticamente en días recientes, la disposición al uso de fuerza letal por parte de policías o ciudadanos contra aquellos cuya epidermis y apariencia queda distante de las fisionomías de todos sus presidentes excepto uno.

Es por ello por lo que hace apenas unos días un estadounidense residente en Rincón quiso entrar a la fuerza en un supermercado sin usar mascarilla. Para él Puerto Rico era tierra conquistada y ningún “local” tenía derecho de imponerle su voluntad. El hombre acabó con un golpe en la boca, mostrándose con los labios ensangrentados en un vídeo plañidero en las redes sociales. En la grabación es curiosa la manera en que el hombre se refiere múltiples veces a los puertorriqueños del supermercado: “piece of shit”. No hace tanto el presidente Trump se refirió a ciertos países como “shit holes”. Resulta llamativa esta fijación escatológica con que ciertos estadounidenses viven la estadidad.

A pesar de lo que afirmen sus vividores y su puñado de inversionistas, no existen partidos estadounidenses en Puerto Rico. En su lugar hay dos asociaciones recreativas, una dedicada al bando más numeroso de los demócratas y otra a la familia nuclear republicana. El domingo pasado celebró su único evento en cuatro años el Partido Demócrata de Estados Unidos en Puerto Rico.

La prensa de esta semana destacó fuera de los titulares y en páginas que colindaban con la sección de espectáculos, el éxito portentoso de la elección del candidato, por el que nadie podrá votar en los comicios del 3 de noviembre en Estados Unidos. La primaria es algo así como una cerveza sin alcohol o una piña colada virgen.

Los resultados fueron dramáticos y contundentes. En la elección votó la friolera de 6,892 electores. Hace cuatro años, la última vez que el Partido Demócrata de Estados Unidos en Puerto Rico celebró su fiesta de disfraces logró amontonar 89,690 votos. En esta ocasión obtuvo el 7.7% de ese número, lo que significa una modesta reducción del 92.3%. Sé que figurones del partido explican la inconsecuente reducción por el hecho de que atravesamos la pandemia del coronavirus. Resulta curioso que esta explicación coincida con la escandalosa ola de chinchorreo desenmascarado que asoló las cuatro esquinas del país ese mismo domingo.

No obstante, los números son una ilusión y no transmiten la verdadera realidad. Libremente, no votaron 6,892 electores, sino tan solo 3,258. Es decir, en los centros de votación montados por la Comisión Estatal de Elecciones en los 78 municipios del país acudieron 3,258 votantes, porque la mayoría del voto demócrata, es decir 3,377 miembros de su corazón del rollo, disfrutaron su derecho democrático a la vez que cumplían sentencias en las cárceles.

Tres hechos se desprenden de estos datos. Si se divide el voto no confinado entre los 78 municipios, se halla que hubo 41 votantes por cada uno. Según la ambigua información de la Comisión, la primaria le costó al pueblo de Puerto Rico $713,000 según su estimado más conservador. Esto quiere decir que cada voto fuera de la cárcel está valorado en $218.85 y si se añade el voto carcelario cada voto entusiasta por los demócratas nos costó unos insignificantes $103.45. La inversión no debe chocar cuando se toma en cuenta que en la elección académica participó un nada desdeñable 0.2% del electorado inscrito. Por último, debe destacarse que en la historia del país estos son los primeros comicios en que la mayoría de sus votantes son violadores de la ley certificados.

Hay muchos enajenados en Puerto Rico y en Estados Unidos, pero hay pocos ciegos y muchos necesitados. La realización en un país quebrado y en estado de emergencia de esta primaria, que no es más que una fiesta de disfraces de una fraternidad de cuestionables cabilderos, equivale a otra radiografía, similar a los tres chats de este cuatrienio, de una casta bipartita para la que no somos nada. Es mucha la necesidad y no estamos ciegos.

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