Eduardo Lalo
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Las “ultimarias”

La probabilidad de que uno de los cinco candidatos a la primaria a la gobernación que se celebrará en apenas una semana salga electo en la elección de noviembre es altísima. El que esto no ocurriera equivaldría a una sorpresa mayúscula. Los dos partidos más grandes del país se han turnado en el poder por más de medio siglo. Es probable que la mayor parte de los vivos no puedan recordar una situación alterna. Estos hechos elaboran un retrato del pueblo puertorriqueño, son nuestra imagen en el espejo de la papeleta.

A pesar de la propaganda y de interpretaciones acomodaticias de los números, los dos partidos principales no crecen hace años. Varias elecciones recientes han mostrado un descenso de votantes y de porcientos. Hace cuatro años, Ricardo Rosselló ganó con tan solo el 41% del voto y el PPD obtuvo varios puntos menos. A la misma vez, fue la elección en la que hubo más abstención de electores. Aun así, entre los que votaron entonces, un 59% lo hizo en contra del ganador. Ese número de electores constituye una súper mayoría a la que no se ha acercado uno solo de los ganadores de las 13 elecciones que se han celebrado desde que la era de alternancia del bipartidismo comenzara en 1968.

Si se hubieran tomado en cuenta los abstenidos de la última elección, el porciento de votantes que favoreció a Rosselló colapsa a poco más del 20%. La frialdad de los números transmite una realidad muy diferente a la que locutores y “analistas” que representan exclusiva y abiertamente las opciones del bipartidismo en los medios de comunicación expresan a diario. La motivación del comentarismo político puertorriqueño es frecuentemente propagandística. El país que se desprende de él está alterado por las tradiciones anti-analíticas, y casi llegaría a decir anticulturales, del bipartidismo. Este tipo de comentarismo de lo político inmediato difícilmente rebasa el partidismo y no está para nada exento de justificaciones mayoritarias que como vimos, cada vez son más cuestionables. ¿Cuántas veces hemos escuchado a alguno de estos personajes justificar una postura o un “análisis” porque la gente votó “mayoritariamente” por un candidato o por un partido?

Este universo cerrado y claustrofóbico es el que el bipartidismo puertorriqueño y sus métodos y medios de propaganda pretende transmitir a los electores. Lo crucial es que estos se convenzan de que no hay alternativas, que es el rojo o el azul o que el menos corrupto es mejor que el más corrupto. Nada más. La posibilidad de cualquier otra alternativa ya ha sido contemplada y, de existir, se activan en los dos partidos principales las campañas de desinformación y desprecio, los métodos de demonización asociados a una serie de términos sacados de contexto. No hace tanto un senador estadounidense consideró que la más remota consideración de la estadidad para Puerto Rico era una forma de socialismo. El ejemplo demuestra la injusticia del procedimiento. El estadoísmo puertorriqueño, practicante destacado de la acusación de “socialista” a sus opositores, se enfrentaba a su propio falso argumento. Justicia poética o más bien política y dieta colonizante a base del propio chocolate.

Nuestro país está lastrado. Todo lo que vemos a nuestro alrededor es responsabilidad del bipartidismo. Lo que hay y lo que dejó de existir sale de los hombres y mujeres de dos agrupaciones políticas. Las casas y edificios vacíos, los negocios que desaparecieron, los hospitales y centros de salud que dejaron de existir, las autopistas y aeropuertos entregados a empresas privadas, los edificios públicos cuya construcción fue innecesaria, los edificios arrendados por el gobierno a particulares mientras le sobran inmuebles vacíos, los socios profesionales que se dividen los contactos rojos y azules y se aseguran negocios gane quien gane, las escuelas desaparecidas, los chats que se han hecho públicos y los que fueron borrados a tiempo, la gobernadora que no era política, el exsecretario de Justicia que no procesó a nadie en un gobierno cuya normalidad era la corrupción, el ungido por pastores cuatreros de políticos, la alternativa que después de meditar meses acabó siendo precandidata del problema mismo, el cooperativista confundido de último minuto dispuesto a electrificar bolsillos ajenos.

Todos, absolutamente todos, son incapaces de señalar alguna irregularidad con la situación presente del país. Nada se menciona de la estructura subyacente que le impedirá al ganador de las elecciones hacer un presupuesto, determinar en qué se invertirá el dinero, hacer pactos y contratos con otros países, importar y exportar en las marinas mercantes que ofrezcan los mejores precios, controlar los aeropuertos, comprar pruebas de COVID‑19 a precios de mercado internacional, exigir derechos de forma real y no como los aguajes de Rivera Schatz que solo exige que le crean que es bravo, hacer plebiscitos que no sean sondeos manipulados, llamar a Washington y que alguien conteste.

Los cinco candidatos del bipartidismo no han hecho la más mínima referencia a ninguna de estas realidades. Sin embargo, la probabilidad de que uno de ellos sea el próximo gobernador o gobernadora es casi absoluta. Esta es la imagen del pueblo puertorriqueño en la papeleta.

Quise llevar al lector hasta esta última frase. En ella está nuestra abyección. El colonialismo y sus partidos nos llevaron y nos han mantenido durante décadas en esta enajenación embrutecida. Todo lo que gira alrededor del oportunismo político del bipartidismo participa de la charada. Los pastores que ungen, los inversionistas que engrasan la pata, los comentaristas, “analistas” y locutores que reproducen sin alteraciones la claustrofobia bipartidista, los innumerables pitchers y catchers del sistema. Pero la imagen del pueblo puertorriqueño en la papeleta no está completa. Hasta ahora ha quedado fuera de esta al menos una tercera parte del electorado. Las multitudes que hace un año enfrentaron la infamia del gobernador Rosselló y de su gobierno no votarán de manera significativa en estas primarias. El bipartidismo lo sabe y por ello la Comisión Estatal de Elecciones se ha convertido en la Disuasora Estatal de Electores y una cantidad grande de locutores sufren de una repentina ceguera periférica.

Los cinco candidatos son continuadores del desastre que conocemos y llegarán al poder si en noviembre el pueblo puertorriqueño vuelve a hacerse un retrato abyecto. El PNP y el PPD son agencias de empleo para colonizados de élite. Ya no queda nada más. Ojalá estas primarias se conviertan en las “ultimarias” de nuestra complicidad y nuestro embrutecimiento.

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