Benjamín Torres Gotay

Las cosas por su nombre

Por Benjamín Torres Gotay
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Sobre la política como un juego

Hubo un tiempo, que cronológicamente no está lejos, pero de ánimo parece de generaciones, en que el ritual anual del gobernante ir a la Asamblea Legislativa a rendir cuentas tenía alguna importancia.

El evento, que es de mandato constitucional, venía precedido de una gran anticipación que podía durar hasta semanas. Era materia de intensa especulación periodística. Nos preguntábamos todos los interesados en estos temas qué prioridades fijaría el gobernante, cuál ruta nos marcaría, en qué estarían concentrados sus esfuerzos, qué mencionaría por nombre y qué mencionaría callándolo.

Temprano el día del mensaje, los equipos económicos de los gobernantes se presentaban ante periodistas cargados de voluminosos informes y presentaciones con lo que intentaban justificar lo que el gobernador diría ya entrada la tarde. El mensaje se entregaba a periodistas temprano “con embargo”, lo cual significa que no se podía divulgar su contenido hasta que el gobernante hablara.

Desde la mañana, la Policía establecía perímetros al norte y al sur del Capitolio para contener a los muchos que iban a protestar o a apoyar al gobernante. Era, realmente, un evento que, en alguna medida, paralizaba al país, al menos, durante la hora u hora y media que durara el mensaje.

No quiere decir que en aquellos tiempos desde el podio capitolino no se mintiera, se politiqueara o se traficara en medias verdades. Tampoco significa que no se edulcoraran los dolores o se magnificaran las alegrías, ni que no se hicieran las más rimbombantes promesas imaginables.

Por ejemplo, nos es para muchos inolvidable Aníbal Acevedo Vilá prometiendo, imaginen, hacerle un segundo piso a la avenida Baldorioty de Castro justo en los días cuando empezaba a caérsele la pintura a la mentira y vérsele lo decrépito a las finanzas del Estado Libre Asociado (ELA).

Pero, existía todavía el espejismo del gobierno propio, o al menos de la “autonomía fiscal”. No todo era como lo pintaban, por supuesto. Pero uno sabía que, si el gobernador decía que el presupuesto de la Policía o del Departamento de la Familia era de tantos millones, era muy poco probable, sino imposible, que nadie, salvo la propia Legislatura, pudiera cambiarlo.

Todos sabemos que vivimos tiempos muy distintos desde que, en 2016, se aprobó la ley Promesa, que quitó a los gobernadores y legisladores la facultad de diseñar los presupuestos del ELA y se la dio a la Junta de Supervisión Fiscal, ninguno de cuyos miembros fue electo por nadie.

Los gobernadores y legisladores pueden proponer y, quizás, sus propuestas son escuchadas con alguna atención por la Junta. Pero la última palabra la tienen los de allá. El rol de los gobernantes y, sobre todo, de los legisladores, se limita desde Promesa a la pantomima de hacer que “examinan” y “aprueban” un presupuesto del que no tienen el poder de mover ni una peseta de una partida a otra sin la autorización de la Junta.

Ese desarrollo monumental restó mucho del significado que, como tantas otras cosas, tenía el rito anual del mensaje, que es fundamentalmente sobre presupuesto. Al perder ese sentido, el mensaje se queda, como quien dice, sin razón de ser. Pero igual que pasa con mucho aquí; después de Promesa, hay muchas cosas que, aunque carezcan de sentido, se tiene que seguir haciendo la pantomima, la principal de las cuales es, como ya sabemos, la “consideración” del presupuesto.

Hubo ya un gobernante que intentó ejercer bajo la Junta, Ricardo Rosselló, quien fue el primero que tuvo que tratar de encontrarle el sentido a un ritual que no lo tiene. La última vez que habló, poco más de un mes antes de que tuviera que renunciar, se lo llevó a Ponce, con el pretexto de que el Capitolio estaba bajo remodelación. Rosselló, que era muy histriónico y muy mediático, y le fascinaba la vaina esa de figurar como gobernador, quiso seguir dándole el peso que ya no tiene. La oposición lo vio como un mensaje político partidista y no fue.

Wanda Vázquez, quien dio su primer “Mensaje Sobre la Situación del Estado” (esas son las palabras textuales de la Constitución) este jueves en el Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré, es la primera que entiende sin reservas que ese ritual ya no tiene ningún sentido, dejó de disimular y aprovechó la hora y media que tuvo frente a los medios de comunicación para un clásico mensaje de campaña política, sin ningún otro significado.

La gobernadora se desentendió del todo del tema presupuestario. No hubo reunión para explicarle cifras a periodistas ni antes ni después del mensaje. No se entregaron informes ni gráficas que explicaran lo números. No hay explicaciones sobre la mayoría de las cosas que dijo en el poco tiempo que dedicó a presupuesto, algunas de ellas muy importantes.

Por ejemplo, el día después, Omar Marrero, director de la Autoridad de Asesoría Financiera y Agencia Fiscal (Aafaf), no pudo explicar en la Legislatura uno de los planteamientos más importantes hechos por la gobernadora en el mensaje: su afirmación de que había “ampliado la base de la cubierta” para agregar 200,000 nuevos beneficiarios al Plan de Salud del Gobierno, que hace años no puede con el peso de su propio costo.

Marrero dio dos posibles explicaciones: que se trata de una propuesta que la gobernadora hará al gobierno de Estados Unidos o que usará del dinero federal que se ha aprobado para manejar el COVID-19, el cual no es recurrente. En ningún caso, por lo menos hasta lo que Marrero sabe, no es cosa finiquitada, como fue la impresión que quiso dar la gobernadora. Sobre este y otros temas, la gobernadora apenas se molestó o se ha molestado en explicar.

Lo único que se puede interpretar sin lugar a dudas del mensaje es que lo usó para apuntalar su campaña política, intentando, sobre todo, distinguirse de Pedro Pierluisi, su rival en la primaria del Partido Nuevo Progresista (PNP), de maneras realmente bastante directas y muy poco sutiles.

Puede decirse entonces que Vázquez, de la que es razonable pensar que jamás en su vida había pensado en ser gobernadora, ha entendido mejor que políticos tradicionales los signos de estos tiempos. Dejó atrás los códigos antiguos y ya anacrónicos, renegó hasta de la necesidad de disimular y, teniendo para sí un foro como el que provee el constitucional “Mensaje Sobre la Situación del Estado”, lo usó para casi lo único que se les permite a los políticos en este tiempo: ser políticos.

La vida colectiva en Puerto Rico se ha ido desdibujando de maneras dramáticas desde que, en el verano de 2016, Estados Unidos reescribió las reglas del juego con su colonia que había establecido, por presión internacional y por temor del fervor que había aquí entonces, en 1952. Casi nada mantuvo el significado que tenía antes de 2016 y ha tocado a la clase política con la que a duras penas cargamos a cuestas darle un nuevo sentido a lo que significa ser político.

Ahora es todo, si se puede decir así, un juego. Un juego que se lleva a cabo dentro del cuarto, como dijo alguien una vez. Pero, dentro de ese cuarto, qué mucho gozan algunos, con puestos, contratos, prebendas, como vemos prácticamente todos los días. Wanda Vázquez, para sorpresa de muchos (o quizás no) entendió primero que otros de qué es que se trata esto ahora.




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