Juan Manuel Mercado Nieves
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Alumbrar el camino hacia un mejor país

La lectura de una reflexión de Emilio Lledó sobre lo que considera que se puede aprender de la crisis del COVID-19, me obligó a extrapolar la situación que se vive en España a lo que pasa en Puerto Rico.  El filósofo español planteaba en su escrito que lo inexperimentado de la situación que se impone mundialmente puede servir para obtener algo positivo de esta experiencia y subraya, al lúcidamente cavilar sobre el esfuerzo que llevan a cabo los hospitales y los servicios médicos para atender la crisis, la importancia de dos sectores altamente vulnerables a los desmanes del capitalismo salvaje -la salud y la educación- y los efectos que ello trae a nuestras sociedades.

En Puerto Rico, pienso, la comercialización que arremete contra estos dos sectores, y que beneficia al inversionismo político, condiciona el acceso a la salud y la educación a la clase económica a la que se pertenece y hay que concluir que el imperio de las aseguradoras en el sector salubrista y de los que invierten en la educación tiene como efecto restringir servicios de calidad a quienes más lo necesitan.

Si pudiera, además, sugeriría a Lledó que en el caso de Puerto Rico el análisis no descuidara pensar el significado de la democracia. Al sugerirle este eje -desde un país que no controla sus fronteras, su espacio aéreo ni sus recursos económicos, y quienes han sido delegados para atender esos problemas por el pueblo tienen que pedir permiso a quienes no han recibido un mandato para ello- creo que lo invitaría a dirigir su mirada hacia lo que lleva y mantiene a los puertorriqueños sumidos en lo más oscuro de una caverna.

El encierro al que nos vemos obligados por el virus, estoy convencido, debe incitar a la reflexión crítica para plantearnos al menos tres puntos medulares que tienen que ver con ese otro encierro histórico que amenaza la existencia del pueblo puertorriqueño:  si en una sociedad sometida hay espacio para la democracia, si la desinformación va atada a lo político y si ambas fuerzas tienen como propósito el alejarnos de la verdad. Igualmente, creo que vale la pena dedicar parte de nuestro esfuerzo mental a precisar quiénes son los que se beneficia de mantenernos enredados en las marañas de las mentiras o de las verdades a medias.

En otras palabras, desde las disquisiciones de Lledó creo que la invitación debe de ser a mantenernos alerta para que algunos no sigan, con total descaro e impunidad, aprovechándose de nosotros ante nuestras crisis. Es cierto que “…no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista…”. Es cierto que superaremos este virus, que el COVID-19 no nos vencerá.  Pero si hemos demostrado como pueblo ser capaces de enfrentar huracanes, terremotos y plagas, tenemos el deber de, juntos, combatir el mal de la ignorancia que nos ha mantenido por demasiado tiempo fijados en lo recóndito de ese otro encierro.  Esa oscuridad es la de la falta de democracia, la ausencia del vínculo vital del que gobierna con sus ciudadanos, la falta de pertenencia al cuerpo político.  El significado de los derechos políticos se mide por su efectividad y el valor que le damos a la vida en común. Destaco: una vida en común que implica formar parte de un cuerpo político y que nuestra participación sirva para sacarnos a la luz, para dar continuidad a nuestras vidas, impidiendo que quedemos reducidos a simples autómatas que acatan las ordenes de cualquier tarambana con poder.

Es preciso que el encierro al que nos ha forzado el virus sirva para cavilar, con la seriedad que exige lo fundamental, esa otra reclusión y definir una forma de salir del marasmo y la desorientación. Ese será el verdadero aprendizaje o la lección que debemos conquistarle a nuestro encierro reciente: convertirlo en el ambiente para aprender a superar ese otro de larga duración. Que nadie tenga duda: existirá el futuro y el sol seguirá saliendo. Resulta preciso que le demos uso para alumbrar el camino hacia un mejor país. Hasta la próxima, maestro Lledó.


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