Kenneth McClintock
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Bombas y palabras

Al momento de escribir estas líneas, se han descubierto 13 artefactos explosivos dirigidos a varias figuras demócratas prominentes en Estados Unidos, y el Negociado Federal de Investigaciones (FBI) ha arrestado a un sospechoso en las afueras de la ciudad de Miami, cuyo nombre no publico por no glorificar al acusado.

La investigación realizada por el FBI y múltiples otras entidades investigativas, ya está produciendo respuestas a casi todas las preguntas que guían una investigación criminal, particularmente al  “¿qué?”, “quién?” y “cómo?”.  No revelará, probablemente, la respuesta al “¿por qué?”, que queda para análisis y la especulación.  Esa interrogante inconclusa me lleva a discutir la relación entre las bombas y las palabras.

El individuo acusado por el envío de los artefactos explosivos evidentemente no era muy fanático del Partido Demócrata, sus principales figuras, sus donantes más prominentes y medios de comunicación que más son identificados con sus filosofías.

No puede decirse que las palabras de ninguna persona o entidad lo indujo a cometer los actos de terrorismo que se le imputa haber cometido, pero diversas entidades y figuras públicas, por expresiones constitucionalmente permisibles pero irresponsablemente pronunciadas, pueden crear atmósferas que puedan inducir a personas evidentemente desequilibradas a tomar acciones que van en contra de los valores democráticos de todos.

El presidente Donald Trump, quien, como todos, se opone a la violencia, y quienes acostumbran reírle todas sus gracias, durante los pasados dos años, durante la campaña presidencial y durante su término presidencial, continuamente han expresado palabras divorciadas de los estilos que acostumbran regir las palabras de los presidentes y crean un ámbito de dividir en vez de unir a nuestro país. 

Cuando el presidente hizo unas expresiones conciliadoras el pasado miércoles, tras descubrirse los artefactos explosivos contra demócratas, la nación quedó agradablemente sorprendida por el espíritu conciliador de sus palabras y expresaban la esperanza que esas declaraciones fueran un punto de inflexión que condujera a un nuevo estilo de comunicación del primer mandatario.  Sin embargo, menos de 24 horas más tarde, ya Trump volvía a sus  viejas andanzas con expresiones acusando a la prensa de ser la responsable por el envío de los artefactos explosivos.

En las elecciones del 6 de noviembre, los puertorriqueños con derecho al voto encontrarán en la papeleta a candidatos republicanos que, o no se atreven, o no quieren criticar al presidente por esos estilos.  Esos electores puertorriqueños tienen en sus manos, al analizar la papeleta del 6 de noviembre, el poder para cambiar con sus votos los estilos del discurso público del país.

En Florida, en particular, hay dos opciones para el Senado.  El gobernador Rick Scott le ha reído más del 90% de las gracias al presidente, tanto durante la campaña pasada como durante su desempeño presidencial.  Por otro lado, los boricuas tienen en el senador Bill Nelson, constante defensor de nuestra igualdad, a un candidato moderado que apoyaba iniciativas positivas del presidente George W. Bush, pese a ser republicano, pero se ha opuesto a las ideas negativas de Trump.

Con su voto, el 6 de noviembre los boricuas de Florida pueden decirle al presidente “IBasta ya!” y mejorar el clima político que engendra en algunos actos terroristas que todos rechazamos.

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