Cezanne Cardona Morales
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Cezanne Cardona: tiempo de greguerías

La greguería ha vuelto para quedarse. Su inventor, el poeta Ramón Gómez de la Serna, jamás imaginó que en esta “verruga del Caribe” la greguería sería el género de nuestra politiquera cotidianidad. Y es que la greguería tiene algo de adivinanza y de salmo. A veces, la greguería ostenta cucharaditas de chiste, una pizca de asombro pasajero, mucho de aforismo arrepentido, nada de cinismo metafísico, cortes de espada sin filo y una estética de revolución serena. Lo que no tiene de moraleja la greguería lo tiene de verso, y definirla quizá sea su mejor atrevimiento.

Cuando comenzó a juntarlas para un libro, Ramón Gómez de la Serna andaba ocupado en su exilio, huyendo de la Guerra Civil española, con poca ropa en la maleta, muchos ríos y un menú de letras mayúsculas. De aquí que escribiera: “Plebiscito es una palabra en diminutivo porque lo menos que figura en el voto es la plebe”. De aquí que recitara: “El río cree que el puente es su castillo”. De aquí que deletreara: “La S es el anzuelo del abecedario”.

Hace unos días, cuando una empleada de un representante perdió su trabajo por no vender una rifa, pensé en una greguería de Gómez de la Serna: “Las hojas que caen son participaciones que el otoño nos regala para su rifa”. Al momento en que anunciaron que la factura de la luz subiría grité con el poeta: “La Luna es un banco de metáforas arruinado”. Tan pronto los meteorólogos anunciaron la marejada de los muertos, casi río de tristeza con otra de las ocurrencias del poeta: “Al mar le gusta la impunidad y por eso borra toda huella en la playa”. Ante la guerra publicitaria del Medicaid mi venganza es buscarle coro a esta greguería: “La tabla de lavar es el pentagrama de los calzoncillos”. Lo mismo sucede con las estaciones de radio donde la democracia se vuelve una elección perpetua. Por suerte, la glosa de Ramón no se equivoca: “Día de elecciones: nevada de candidaturas”. Eso sí, cada vez que escucho a la secretaria de la Gobernación, Zoé Laboy, aderezo su apellido con otra greguería: “La L parece darle un puntapié a la letra que lleva al lado”. Ni hablar de la más reciente adquisición greguerista ante el jugoso contrato del hijo de Laboy: “El diamante es el hijo enriquecido del carbón”.

Puede que las greguerías se confundan con malacrianzas. Y tal vez, por eso, los políticos son los primeros impostores. Hace unas semanas el presidente del Senado, Thomás Rivera Schatz, estuvo a punto de decir una greguería cuando le llamó puerco a un analista político: “A chillidos de cerdo, oídos de carnicero”. Lo único en común de esta frase con la susodicha greguería es el origen confuso de la palabra, pues Ramón Gomez de la Serna llegó a decir que, según un viejo diccionario, la greguería era una gritería confusa parecida a la de los cerditos cuando van detrás de la mamá. Sin embargo, en la práctica, la greguería no es violenta ni socarrona, mucho menos vengativa, sino es un verso orillero disfrazado de aforismo que busca la inocencia por medio de la ironía. Un ejemplo basta: “La gasolina es el incienso de la civilización”.

No hay duda: vivimos en un tiempo de greguerías; la eternidad ya no dura, todo se acoge a lo fugaz y hasta nuestros huesos se han vuelto hipotecas. Por suerte, la verdad de las greguerías ayuda a pescar lo que nos queda de alma, justo como “la polilla convierte nuestro chaleco en un cielo estrellado”.



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