José Vargas Vidot
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Cobardía, política y silencio en la UPR

“El silencio no es salud” es un estribillo que marca la necesidad de una Universidad  participativa y solidaria. La crisis económica del país no es otra cosa que el resultado de una constante en la política puertorriqueña, el derroche. Las administraciones polarizan al país tratando cada una de ellas culpar a la anterior sin que mínimamente lleguemos al punto de la humildad que requiere la decencia política. Pero lejos de esa rumba de culpas mutuas que no resuelven nada y que tanta cobertura reciben de los medios comerciales, la realidad es que cada administración carga con un porcentaje de responsabilidad no asumida, gracias a sus estrategias nefastas de desarrollo económico que, al fin y al cabo, no han sido otra cosa que políticas protectoras de intereses obscuros, corrupción y derroche.

La Universidad de Puerto Rico no ha sido la excepción; el silencio de la comunidad universitaria ha propiciado que insidiosamente esta se haya convertido en el nido de politiqueros que, a razón de sus doctorados y su rimbombancia académica, han colonizado la universidad respondiendo a sus ideologías, al mercado, a la codicia y hasta a la pedantería del rango académico.  Poco a poco los partidos fueron convirtiendo la universidad en satélites de sus objetivos y así las cosas, la buena  gerencia que se enseña, no se practica. Gracias a esta vergonzosa fórmula hemos tenido presidentes que oscilan entre la extrema burguesía y prepotencia hasta tontos útiles e, inclusive, combinaciones de todo lo anterior.

Finalmente, tenemos una universidad que solo ahorra estrangulando las posibilidades del estudiante, una universidad que se ha rezagado académicamente sin reconocer un currículo emergente y ha puesto el sufrimiento de las limitaciones creadas en los hombros de quienes deben de ser los recipientes de los mejores valores y servicios de la universidad.   Se ha preservado la tajada grande para mantener  áreas innecesarias, pero responsivas a intereses nefastos, amiguismos, inversionismo político, entre otros,  en detrimento de los estudiantes. Se han hecho Inversiones de dudosa repercusión, decisiones  de burda ineficacia gerencial que han llevado a que la universidad se vea como una carga para el estado y no como una inversión para el futuro.

Subrayo que cuando hablo de educación, me refiero a genuina educación, los países no gastan, los países invierten. Para lograr una política de prudencia gerencial en la UPR, es necesario contar con la comunidad universitaria, procurar el más alto grado de autonomía universitaria, eliminar los comités político-partidistas en la dirección de esta alta casa de estudios, desarrollar e implantar modelos de presupuesto participativo, transparencia fiscal y gerencia humanizada.

No podemos permitir que sea la torpeza  gerencial, la Junta  de supervisión fiscal y la insensibilidad  la que determine el futuro  de la UPR.   Los estudiantes no tienen por qué pagar los platos rotos de la absurda forma de administrar la UPR y mucho menos comprometer a la UPR en planes de corrección que solo buscan satisfacer el mercado de buitres. El jesuita Luis Ugalde planteó en 2009 y cito: “es cobardía que las universidades callen”.

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