Ángel L. Ortiz García

Punto de vista

Por Ángel L. Ortiz García
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COVID-19: aliciente para el hambre

La prestigiosa revista Time, en su edición del 27 de abril - 4 de mayo del 2020, presentó una impactante foto tomada el 9 de abril del 2020, en la cual había 10,000 autos apiñados. Su autor es William Luther del San Antonio News/AP. ¿Qué hacían los mismos en ese lugar? Nada más y nada menos que solicitando una cajita de comida ante el impacto del COVID-19 en su área. Normalmente estas escenas se relacionan con países del tercer mundo empobrecidos por las circunstancias. Pero en este caso ocurre en el Traders Village del San Antonio Food Bank, en Texas. Como consecuencia de la inusual demanda de los necesitados por comida estos bancos se han disparado por los 50 estados. La dificultad estriba en que las peticiones por ayuda sobrepasan a los donantes, por lo que los centros se han visto obligados a comprar alimentos para distribuirlos. El círculo se vuelve uno vicioso. 

¿Qué sucedió con el sueño americano, que históricamente ha impulsado a los inmigrantes a sufrir todo tipo de penurias por llegar a los Estados Unidos? Simplemente el mundo ha cambiado y el COVID-19 es uno de los causantes para ello. El virus no inventó la pobreza y el hambre -estos son contemporáneos con la creación de la humanidad- pero el sueño se ha desvanecido y la activa pandemia es un factor importante para ello.

La pobreza y el hambre tienen a la nación, otrora la más poderosa del mundo, buscando desesperadamente cómo lidiar con un evento que parece incontrolable. El perfil del pobre hambriento refleja características similares en todo el mundo, aunque con gradación en diferentes entornos. En los Estados Unidos y otras naciones se ven las calles sucias y abandonadas, apartamentos en residenciales con abundantes inquilinos, niños gritando, ausencia de áreas recreativas, desempleados, recipientes de programas de beneficencia, criminalidad como consecuencia y no como causa. Lo peor, como expresó el educador brasileño Pablo Freire, es la ausencia de aspiraciones, ya que el pobre se acostumbra a ser pobre y actúa como tal. 

Para ese perfil de pobreza y hambre que hoy se visualiza también en los Estados Unidos el antropólogo Oscar Lewis acuñó el término “cultura de la pobreza”, implicando que la misma es similar en todas las partes del mundo. En el informe final sobre un estudio de la vida urbana en los barrios marginales en San Juan y los problemas de adaptación y cambios en la familia y vida de los emigrantes puertorriqueños a Nueva York, publicó el libro La Vida: A Puerto Rican Family in the Culture of Poverty -San Juan and New York, 1966, Düsseldorf.                 

Es desesperante ver en los centros de distribución de comidas para los indigentes cómo los que previamente eran contribuyentes ahora son clientes. Ahora el perfil de los desafortunados que solicitan comida también incluye ciudadanos de las estratas medias que modifican sus valores e ignoran su orgullo para acudir a un banco de ayuda. Esta realidad sustenta la tesis del poeta, traductor y escritor polaco, premio Nobel de Literatura de 1980 y exprisionero nazi, Czeslaw Milosz (1911-2004) en su libro El pensamiento cautivo (Tusquets, 1981), de que el hombre actúa de acuerdo a la situación en que se encuentra. Las estadísticas no mienten: tanto en Puerto Rico como en los Estados Unidos y el resto del mundo el maldito COVID-19 ha destapado una situación inconcebible.