Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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Cuatro plagas simultáneas

De manera predecible, los problemas sociales se han disparado en las recientes semanas revelando asuntos mal, o nada, resueltos. Igual que con todas las plagas, corroen el orden y la tranquilidad de cualquier sociedad. Nos sigue impactando la pandemia del COVID-19, sumándosele la revoltosa conducta de los que se autoproclaman libertadores del encierro y distanciamiento social; impacta el incremento descomunal del desempleo y, con ello, mayores niveles de pobreza que han aflorado en cada desastre reciente, y finalmente, el aumento de violencia y odio contra mujeres en el mundo y las minorías negras y latinas, cuyo más reciente asalto le costó la vida al afroamericano George Floyd. 

Primero: sigue siendo urgente la pandemia que continúa creciendo como un problema de salud de proporciones mayores en pérdidas de vidas y todas sus graves secuelas económicas y psicológicas. Pudo haber sido mejor controlada si se hubiesen atendido las advertencias que expertos salubristas hicieron hace años, y más enfáticamente, al final del año 2019. 

Suena feo y molesta escucharlo, pero algunos científicos ya sentencian que esta es una situación “buscada” ya que los gobiernos hicieron caso omiso al peligro. Este es el caso de Estados Unidos, con las desacertadas decisiones de Trump de quitar apoyo económico, credibilidad, exposición y acceso a los medios noticiosos de los científicos y expertos para advertir, preparar y educar la población.  

La segunda plaga es la que recién explota con el desorden de los que se proclaman libertadores de las medidas restrictivas de protección al contagio del virus, caracterizado por un individualismo extremo. Esos han llenado playas, marinas, tiendas, barberías y espacios públicos (ninguno realmente servicio esencial en medio de la emergencia mundial) en total desprecio a la importancia del uso de las mascarillas y los cuidados del distanciamiento social. Han generado peleas, discusiones, marchas y violencia callejera, omitiendo las recomendaciones de la OMS y los CDC. Hablan prepotentemente de libertad como subterfugio al libertinaje. Ponen en peligro a sus comunidades en cuarentena y retroceden los adelantos logrados con tantos sacrificios ciudadanos en la lucha por el control del COVID-19 (que de ahora en adelante ya se considera endémico).

En tercer lugar, enfrentamos un nuevo incremento en los niveles de pobreza, un viejo mal social que duele en sus múltiples y trágicas consecuencias. Suele esconderse en tiempos de normalidad porque la gente aprende a vivir con benigna indiferencia a la escasez de recursos en algunos sectores de la población. Pero las desgracias colectivas, como los desastres y catástrofes naturales, desnudan la crítica situación de tantas familias que enfrentan hambre, falta de acceso a servicios de salud, educación en bancarrota y un futuro lleno de privaciones ydeficiencias desde su desempleo. La inequidad que enfrentan es vergonzosa y deshumanizante. Ninguna sociedad con sectores avasallados, empobrecidos y marginados puede aspirar a vidas sin conflictos. Después de María, los temblores y la pandemia, los niveles de pobreza continúan aumentando a niveles desastrosos como en la Gran Depresión del 1920. 

La cuarta plaga social presenta la cara más fea de los seres humanos y es la peor de todas, porque carga intenciones explícitas de desprecio y daño a la diversidad étnica, cultural y social. Ha estado presente por siglos y no desaparece. Me refiero al racismo; al discrimen y al odio por color, raza y etnia. En medio de la pandemia, la violencia contra negros, chinos, latinos y extranjeros se ha catapultado, motivada por las irresponsables palabras de gobernantes como Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil. La plaga del odio racial se siente como una recaída mortal a un cáncer que se creía controlado. Recientes asesinatos de afroamericanos en manos de agentes policiacos norteamericanos han desbordado la paciencia de la comunidad mundial y fracturado la tranquilidad de muchos.

Estas cuatro plagas sociales cuestan preciosas vidas, son peligrosas y dejan huellas de mucho dolor en los pueblos. Mal manejadas conducen a estados de anarquía. Cuando la gente descarta las recomendaciones, normas y procesos del orden social, cuando los lideres trastocan y distorsionan el poder de guiar y educar sus pueblos, cuando la ley salvaje del “sálvese quien pueda” es la que predomina, el peligro de la anarquía florece. 

Es un gran reto el que vivimos tratando de prevenir que el estado de caos prevalezca y perdure. Requiere aceptar que los viejos paradigmas no funcionan. Nada es igual, pero no significa que todo está perdido. Al contrario, la salida inteligente es crear nuevos paradigmas que abonen a un futuro distinto. El ser humano ha prevalecido en crisis anteriores. En estos momentos, implica que las ciencias tienen que recibir mejor y mayor apoyo gubernamental y ciudadano, que las leyes tienen que ser reforzadas con mejor educación de interpretación y aplicación en todos los componentes del sistema judicial, que nuevos modelos económicos tienen que ser desarrollados ante el colapso de los anteriores y que tenemos que tener voluntad para cambios radicales que puedan transformar las sociedades y poner fin al caos. 


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