Francisco A. Catalá

Punto de vista

Por Francisco A. Catalá
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De crisis en crisis

Una de las frases más citadas la acuñó el filósofo español José Ortega y Gasset en el año 1914: “Yo soy yo y mi circunstancia”. No ha perdido vigencia. Ciertamente, nos desenvolvemos en determinadas circunstancias o espacios físicos y sociales. Sin ellos la vida no es posible, hecho que en ocasiones se pasa por alto pero que las crisis hacen patente.

Pero la citada frase está incompleta. Ortega y Gasset añadió de inmediato: “Y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Esto nos remite a la indelegable responsabilidad de los miembros de la sociedad y de sus organizaciones con la integridad del entorno ambiental y social en que les ha correspondido vivir. Se trata de un imperativo vital.

Las crisis son fuentes de incertidumbre, compiten por la atención pública– sobre todo cuando unas suceden a otras en lo que parece ser un proceso interminablemente recurrente – y hacen evidente la necesidad de cambios, sin que por ello falte la resistencia a los mismos. Por ejemplo, el cambio climático es, ciertamente, fuente global de incertidumbre, compite con la presencia de otras crisis y obliga a cambios en nuestros estilos de vida. Y, huelga insistir en ello, no faltan los que lo niegan. 

En estos momentos la atención global se ha desplazado, con sobrada razón, hacia la pandemia del coronavirus. En cierto sentido, podría considerarse al cambio climático como un fenómeno “estructural”, con efectos paulatinos que hacen crisis a largo plazo, mientras que el coronavirus es “coyuntural”, con efectos críticos inmediatos que, por tanto, requieren acción inmediata. No obstante, no se debe ignorar ni lo uno ni lo otro.

En Puerto Rico el azote luce que no da tregua: crisis socioeconómica – contracción de la producción, desempleo, emigración, insuficiencia fiscal, dependencia, deuda, etc. --, crisis política (ilegitimidad del statu quo, Promesa, etc.), huracán María, sismos del suroeste y ahora, como si no fuera suficiente, el coronavirus. Unas crisis inciden en otras. La debilidad de la base económica del país, su pobreza, la sacan a flote los huracanes y los sismos y torna cuesta arriba el esfuerzo para la tan invocada recuperación. La carencia de instrumentos políticos, a su vez, explica en gran medida la atrofia económica. El coronavirus, por su parte, acentúa los problemas socioeconómicos y atrasa las medidas de recuperación de los estragos causados por el huracán María y por los sismos del suroeste, en donde todavía hay campamentos. Sobre todas las cosas, en más de una de estas instancias críticas están en juego vidas.

Valga retornar a las citas del inicio o, más bien, a lo que se puede inferir de ellas. La utopía no existe en nuestro futuro – ni en el de nadie – ni la revolución está en las barajas que tenemos a mano. Pero sí está a mano la responsabilidad con nuestra circunstancia, la inmediata y la que se pueda vislumbrar. Lascrisis obligan al cambio. Sí está a mano traducir el fatalismo en esperanza, la negación en afirmación y la impotencia en acción. Sí están a mano transiciones, a manera de bisagras que permitan abrir puertas, en las dimensiones políticas, económicas, energéticas y sociales para enfrentarnos más efectivamente a las crisis que nos han azotado y que nos siguen azotando.


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