Jeffrey Quiñones Díaz

Punto de vista

Por Jeffrey Quiñones Díaz
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El cierre federal y la ética americana

Soy uno de los casi 15,000 empleados federales que nos hemos visto impactados por el cierre federal en Puerto Rico.  Sin embargo, este asunto no es nada nuevo pues pasamos por uno en 2010.  La realidad es que entre el Ejecutivo y el Legislativo no ha podido aprobar un presupuesto desde 2008.  

Y esta situación podrá repetirse en septiembre 30, si no se completa el proceso presupuestario que debería comenzar en abril.   Ante esa realidad, lo más que me preocupa es cómo muchos de mis compatriotas se asombran y preguntan por qué ocurren estos eventos y la razón para que en Washington D.C. no se pongan de acuerdo.  Se supone que esos tranques solo sean “normales” dentro de la política puertorriqueña.  

Mientras el cierre federal magnifica nuestro predicamento, la realidad es que las señales de advertencia siempre estuvieron escritas en la pared.  Sabemos que el gobierno de Estados Unidos habría de actuar a la luz de sus intereses para resolver sus problemas, fundamentado en sus valores y la ética que han permeado su política pública desde la creación de la nación.  Esos valores definen las políticas liberales y conservadoras, libertarias e independientes, de todo el espectro político estadounidense. En 121 años, aún pocos en Puerto Rico entienden esas políticas estadounidenses.  

La radiografía del cuadro de valores que formaron y aún moldean a la sociedad norteamericana las describió Max Weber, quien publicó su afamado ensayo de 1905 titulado “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”.  Los postulados calvinistas que han guiado a la sociedad estadounidense de trabajar fuerte, ser frugal, aspirar al éxito en los negocios, reinvertir las ganancias y, en especial, “levantarse por su propio esfuerzo,” todavía motivan a esa sociedad, bajo el racional de que la predestinación remueve cualquier preocupación respecto a  la desigualdad económica y que la acumulación de riqueza es un signo fehaciente de la “gracia divina”. 

Puerto Rico todavía es una sociedad colectivista, insular, marcada por sobre 500 años de coloniaje y eminentemente influenciada por valores católicos centrados en la misericordia, la solidaridad y la justicia (de ahí el consabido “Ay bendito).  Eso necesariamente choca contra el país individualista, fundamentalmente protestante y capitalista más grande del hemisferio.  Estas diferencias continúan afectando la forma en que pensamos las soluciones y se manejan nuestras relaciones políticas y sociales, aunque muchos puertorriqueños quieran negarlo, ocultarlo o simplemente ignorarlo.

Ante el ensordecedor mensaje que continua llegando desde Washington, tenemos que entender que nos toca resolver nuestro predicamento mediante nuestro propio esfuerzo, aunque tengamos numerosos obstáculos  y prácticamente las manos atadas.  

Nadie nos va a salvar; tenemos que aunar voluntades entre todos para echar hacia adelante.