Osvaldo Burgos Pérez

Punto de vista

Por Osvaldo Burgos Pérez
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El espejo de Alexa

El asesinato de la joven transexual Aneulisa Luciano, mejor conocida como Alexa, no fue un evento aislado o fortuito.  Su muerte es el trágico resultado de una sociedad que ha dado la espalda a las necesidades de grupos vulnerabilizados como las que componen la amplia sombrilla de identidades trans.

Alexa murió físicamente la noche del domingo 23 de febrero de 2020, pero su muerte venía produciéndose lentamente desde mucho antes.

Más allá de la bala que segó la vida de esta joven mujer, a Alexa la mató la invisibilidad, la criminalización y la demonización a las que constantemente son sometidas las personas de las comunidades LGBTTIQ.

A Alexa la mataron la falta de oportunidades y la inequidad a las que se enfrentan las personas transexuales producto de un país machista y patriarcal donde se valora lo masculino sobre lo femenino y que rechaza cualquier identidad que se aparte del rígido binomio de lo que socialmente entendemos como hombre o como mujer. 

A Alexa la mató la pobreza y la falta de un sistema de salud integral que sirva a toda la ciudadanía con dignidad y respeto.  También la mató la falta de una adecuada protección a la niñez puertorriqueña.

A Alexa la mató la falta de reconocimiento legal de las identidades trans de la cual fue parte nuestro Tribunal Supremo cuando en 2005 decidió que las personas transexuales no podían cambiar el indicador de sexo en sus certificados de nacimiento.  Esta parece ser la postura de nuestra legislatura incluso mediante la aprobación de un nuevo Código Civil plagado de disposiciones que les niegan derechos a las mujeres y a las comunidades LGBTTIQ.

A Alexa la mató el Departamento de Educación cuando eliminó las cartas circulares sobre educación con perspectiva de género y la relacionada con el uso de los baños y uniformes escolares conforme a la identidad con que se sintieran identificadas las personas dentro del sistema escolar.  Recordemos que la eliminación de estas dos cartas circulares fue la condición impuesta por el Senado de Puerto Rico para confirmar a la entonces secretaria de Educación, Julia Keleher.

A Alexa la mató el fundamentalismo religioso de derecha que ha sembrado en nuestro país un discurso de odio que menosprecia e infravalora todo lo que se aparte de sus limitadas visiones de mundo y sus excluyentes interpretaciones de sus libros sagrados.  Este fundamentalismo religioso es el que ha pretendido borrar la frontera que debe separar los asuntos del estado de los asuntos de las iglesias en Puerto Rico.

A Alexa la mató el silencio y la indiferencia ante los discursos discriminatorios y transfóbicos.

Ahora que lloramos la muerte de Alexa y que su trágico final nos indigna como pueblo, debemos aprovechar la oportunidad para reflexionar sobre cuál es el país que queremos y al que debemos aspirar.  Es momento de exigir políticas públicas inclusivas, educación con perspectiva de género y discursos humanizantes.  Exijamos un sistema de gobierno que centre sus políticas y decisiones en los más altos principios de derechos humanos de respeto a la dignidad, inclusión y la libertad de todas las personas.  Solo así evitaremos que Alexa quede como un número más en las estadísticas.  

Que Alexa descanse en la paz que le fue negada durante su corto paso por este plano y que el espejo que llevaba nos invite a mirarnos como país.



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domingo, 17 de mayo de 2020

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