Ángel Collado Schwarz
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El virus, la globalización y la colonia

A través de la historia las plagas han golpeado a las sociedades. La influenza de 1918 causó entre 20 y 50 millones de fatalidades, más que las ocasionadas por la Primera Guerra Mundial. Se estima que la mortalidad en Puerto Rico fue de 10,888 personas y el contagio, de sobre 250,000, entre una población en ese momento de 1,258,970 habitantes.

En 1918 Puerto Rico fue azotado por la pandemia y un terremoto. Un siglo después se repite la historia.

La pandemia del coronavirus de 2019 azota al mundo de forma distinta a las otras plagas. La globalización, combinada con la movilidad acelerada y la alta tecnología, dispara la crisis. Si bien se asocia la globalización con el movimiento internacional de productos, ideas y gente, igual adolece de facilitar el terrorismo, el calentamiento global y flujos biológicos como el coronavirus.

La súbita caída de las bolsas de valores a través del mundo es ejemplo elocuente del impacto financiero recibido por el cierre de actividades económicas alrededor del planeta.

El presidente estadounidense, Donald Trump, basa su populismo en un patriotismo y nacionalismo que rivalizan con la globalización. Entre las lecciones aprendidas de la Segunda Guerra Mundial está el deber de evitar el aislamiento estableciendo interrelaciones entre los países mediante instituciones como las Naciones Unidas y el Banco Mundial.

La globalización es imparable. Ningún país, por más rico y poderoso que sea, puede existir aisladamente. El cambio climático, la inmigración, el terrorismo y ahora la pandemia precisan manejarse conjuntamente entre los países, no de forma aislada.

Actualmente, Estados Unidos es el tercer país con más personas infectadas por el coronavirus. Su tasa de crecimiento de contagio podría llevarlo a encabezar la lista de países afectados.

La gran urbe neoyorquina lidera por mucho las incidencias en la metrópolis. El virus ha logrado apagar a la capital del mundo, algo que no consiguieron el derrumbe de las Torres Gemelas el 9/11 ni la Gran Depresión.

En Puerto Rico, nuestra perspectiva colonial nos conduce pasivamente a depender de la metrópolis, incluso a pedirle permiso para tomar algunas decisiones.

La desconexión con el mundo la comprueban expresiones como la del secretario de Salud cuando minimizó la posibilidad de que el virus llegara a la isla porque Puerto Rico no recibía vuelos directos de China. O como la de la epidemióloga del Estado, cuando atribuyó los casos del virus reportados en Italia a la cercanía de este país con China.

Durante la influenza de 1918, el comisionado residente, Félix Córdova Dávila, tuvo que implorar por ayuda al Congreso y este se la denegó, según expresó a su regreso. Puerto Rico dependió de la Cruz Roja y de instituciones locales para lidiar con el virus.

Recientemente experimentamos la indiferencia de la metrópolis ante la quiebra, los huracanes María e Irma y los terremotos.

El sistema salubrista de la Isla está debilitado por el desmantelamiento del Plan Arbona hecho por el gobernador Pedro Rosselló, quien privatizó los hospitales y forzó a la mayoría de los estudiantes de Medicina a realizar sus internados fuera del país.

El virus globalizado afecta a Puerto Rico, pero este tiene que actuar aisladamente y depender de la misericordia de la metrópolis, ocupada en su propia crisis. La Isla no puede protegerse por carecer de autoridad para impedir que en plena crisis desembarcaran miles de turistas y deambularan por el Viejo San Juan, algunos contagiados, como fue el caso de los ciudadanos italianos.

Puerto Rico no puede beneficiarse de la experiencia y recursos salubristas de otros países ni de la Organización Mundial de la Salud.

El país vive una de sus más profundas crisis. Pero su fuerza siempre ha sido la resiliencia y creatividad de su gente para sobrevivir invasiones, quiebras, huracanes, terremotos y pandemias.


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