Carmen Fernández

Punto de vista

Por Carmen Fernández
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Floyd tenía derecho a respirar

George Floyd, un afroestadounidense de 46 años, exdeportista y padre de una pequeña niña de seis años, fue arrestado el pasado 25 de mayo, por aparentemente tratar de pagar en un negocio con un billete falso de $20.

Poco después fue intervenido por un oficial blanco de la Policía de Minneapolis. El mundo lo conoció mientras estaba tirado boca abajo en el pavimento, con las manos esposadas a su espalda y con el cuello fuertemente presionado por el policía. 

Esa desgarradora escena fue captada en vídeo por varias personas que presenciaron el vil trato que recibió Floyd, ante la mirada impávida de otros tres oficiales policiacos.  Las imágenes se tornaron virales en las redes sociales y han sido retransmitidas por todos los medios.

El hombre yacía prácticamente inerte en el suelo, mientras su cuello era presionado por la rodilla del oficial Derek Chauvin por casi nueve minutos. A los tres minutos de recibir esa presión se alega que ya Floyd estaba inconsciente.

Las imágenes de varios vídeos no evidencian resistencia, ni violencia por parte del detenido.  Por eso, nos llevan a cuestionarnos el por qué del uso excesivo de la fuerza a la que fue sometido el arrestado cuya muerte se conoció ese mismo día.

¿Se debió esto al color de su piel?  Al observar el vídeo tomado por los testigos de este atroz crimen, no podemos evitar que la indignación nos arrope y aturda.  Vemos la súplica de un hombre negro tirado y esposado en el suelo que sólo clamaba por poder respirar.  

¿A qué se debió este abuso? ¿Obedece esto al origen étnico del detenido?  Todo apunta a que este hecho es un ejemplo más de la cultura etnofóbica y a la mentalidad discriminatoria que aún permean en la sociedad actual. 

Este suceso, lamentablemente tiene precedentes. Todos están enmarcados en el racismo y abuso de la fuerza policial. 

Los últimos minutos de vida de George Floyd, vistos ya alrededor del mundo en imágenes claras y contundentes, han reavivado el debate y la lucha por la igualdad entre negros y blancos.  

El suceso ha provocado reacciones en diversas partes del mundo.  Además de protestas masivas en 50 ciudades alrededor de 20 estados de la nación estadounidense. Las protestas, en su mayoría, se han tornado violentas. ¿Será esto producto del desespero de quiénes están hartos de no ser escuchados?  

La historia es clara.  Desde la incursión en América de los negros para ser esclavizados y explotados como principal fuerza laboral, fueron víctimas de abuso, insensibilidad, crueldad, injusticia y desigualdad, entre otros malos tratos.  

A pesar de la lucha y eventual abolición de la esclavitud promulgada en el año 1862 por el presidente Abraham Lincoln esa mentalidad de inferioridad o superioridad por el color de la tez, solapada o explícitamente, continúa vigente en muchos sectores de la sociedad.

Los derechos de los negros fueron protegidos en la Constitución de los Estados Unidos luego del triunfo del norte en la Guerra de Secesión y de la abolición de la esclavitud. Sin embargo, durante décadas ha existido un abismal trecho entre la teoría y la práctica.  Es un trecho en el que históricamente las personas negras han sufrido segregación, persecución y discrimen.  

Al analizar datos estadísticos sobre discrimen racial durante las últimas décadas en los Estados Unidos notamos una marcada desigualdad entre negros y blancos.  Dicha desigualdad es evidente al hablar de equidad salarial, tasa de desempleo, porcentaje de arrestos, cantidad de fondos destinados a educación de acuerdo al tipo de sector o comunidad, oportunidades de empleo, acceso a la educación, entre otros.  

No bastarían sólo unas páginas para analizar a fondo este tema y no es el propósito de esta columna.  Lo que sí nos ocupa es el hecho de que la desigualdad, sea por etnia, género, preferencia sexual o ideologías, entre otras, debe ser erradicada de nuestra sociedad de una vez y por todas.  

Esa mentalidad estrecha de pensar que el color de nuestra piel nos hace mejores o peores, tiene que ser finiquitada y sustituida por la convicción de que todo ser humano tiene derecho a ser tratado con respeto, justicia e igualdad.  Esas posturas absolutistas, en las que, por ejemplo,  pensamos o decimos cosas como: “todos los negros son criminales”, “los blancos son mejores” o aludimos a  “ese pelo malo” o generalizamos al decir “todos los policías son abusadores”, tienen que ser eliminadas de nuestro proceder.  Tenemos que vivir cada día con la clara convicción de que todo ser vivo merece respirar y merece vivir.  

Hoy vale recordar las palabras del líder pacifista Mahatma Ghandi: “Nosotros tenemos que ser el cambio que queremos ver en el mundo”.  Practiquemos siempre la igualdad en todas nuestras acciones y eduquemos a nuestros niños lejos de la plaga del prejuicio. 

Seamos cónsonos en nuestros pensamientos, palabras y acciones. Y, sobre todo, no seamos testigos impávidos cuando la injusticia o desigualdad se manifiesten a nuestro alrededor. Sólo así cada uno de nosotros puede, desde su propia realidad y escenario, contribuir a construir sociedades más justas en las que reinen el amor y respeto al prójimo. Vivamos y construyamos la igualdad, erradiquemos el racismo.





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