Orlando Parga
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Frenazo y retroceso en la política puertorriqueña

Sorprende la sorpresa en el rostro de los jóvenes cuando les relato en mis charlas y conferencias la costumbre que tuvieron los partidos políticos a comienzos de siglo XX, enviando una delegación a la sede de la asamblea del partido adversario para desearle éxito en sus deliberaciones. ¿Suena absurdo? ¿Desear éxito al otro partido que quieres derrotar? Sin embargo, fue un gesto de cortesía que describe la civilidad democrática que hemos perdido. Cuando la mesa presidencial anunciaba la presencia de la comisión adversaria con su saludo y buenos deseos, se manifestaba a los participantes que, entre todos, se constituye una comunidad democrática en la que por diverso camino se aspira y lucha por el bien común.

La campaña política fue en aquel tiempo tan apasionada como lo es ahora y, ocasionalmente, violenta. Hubo, no obstante, normas y reglas de beligerancia democrática que nos identificaron a una cultura política superior a la que predominó en otras jurisdicciones de este hemisferio plagado de caciquismo y violencia política. Perderlo es una tragedia. El bipartidismo que nos amplió la democracia en 1968 trajo alto precio.  Desde entonces la campaña política anda desbocada.  Ya no es cuestión de qué soy, qué te ofrezco y te prometo sino descuartizar al otro candidato hasta dejarlo inerte en el suelo. La llegada de la primaria que supuso eliminar el caciquismo que antes imponía candidaturas degeneró en guerra civil entre “hermanos” de partido, de Caín matando a Abel para alcanzar el poder.  Esa cruda reyerta trajo licencia de robar. Cada campaña se hizo más cara; se gastan millones como pesetas para llegar a Fortaleza, al Capitolio, a las alcaldías, acreditándose el inversor político para recaudar dinero de campaña a cambio de que el candidato electo lo bendiga con fondos públicos. Esa es la historia.

Hemos caído en manos de una casta insensible que solo piensa en autogratificarse y enriquecimiento al vapor. Se supone que la desmoralización provoque enmienda, cambio y reforma; que las nuevas generaciones mejoren a las de sus antecesores. Por contrario, la experiencia política puertorriqueña de este último tiempo invita añoranza de pasado… dar frenazo y retroceder. Puerto Rico no se merece esto que se le ofrece.  “Esto tiene que cambiar” no es estribillo de campaña, hoy por hoy es el grito angustiado de un pueblo defraudado. No es que el pasado sea mejor que el presente, es que se descartaron los valores alcanzados con la madurez. Cuando lo nuevo fracasa, hay que buscar la orientación de lo probado. Cuando los jóvenes se niegan su juventud, los más viejos tienen que volver a ser jóvenes.


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