María de Lourdes Lara

Punto de vista

Por María de Lourdes Lara
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Hacia una ética del futuro

Ya estamos construyendo la catástrofe del futuro en las acciones que estamos haciendo o dejando de hacer en el presente y con poca consciencia de ello. El presente que vivimos y sufrimos es diseño y producto del pasado. Estamos reaccionando a modelos que con esfuerzos o desaciertos construyeron la débil o fuerte democracia y el estado de equidad o desigualdad para unos y otros. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y la de los Derechos Universales del 1948, en los que hoy evoluciona parte de la humanidad, fueron obra de millones de ciudadanos que, a través del mundo, dieron sus vidas para adelantarlos a las próximas generaciones. La mayoría de ellos no los disfrutó y quizás pasaron una o más generaciones para que sus nietos o bisnietas empezaran a crecer en sociedades más justas, libres del discrimen por su origen, su género, sus ideas, su credo religioso o político; mejor educadas y con un porvenir a la medida de su trabajo, de su dignidad como ser humano. Cientos de años forjando sociedades de Liberté, Égalité y Fraternité. Igualmente, una gran mayoría de ciudadanos en el mundo, sufre y muere en sociedades que centraron sus luchas en mantener estados teocráticos, fascistas, salvajemente neoliberales. Destruyeron a los muchos en favor de unos pocos. Hoy, acaparan los recursos naturales, contaminan el aire y el agua potable y vacían sus desperdicios en los océanos. Durante un tiempo, estas sociedades parecían estar localizadas en estados separados; señalándolas en el mapa, con pena o repudio. Nada que ver. Esa capacidad de Eros (vida) y Tanatos (muerte), forma parte de cada ser y nos garantiza ambas opciones: la de construir/nos y la de destruir/nos. Los humanos convivimos en los mismos espacios y lo único que nos diferencia es la capacidad de asumir responsabilidad por corregir lo que nos hace daño y potenciar lo que nos permite vivir en paz.


Hay un equivocado sentido del control de este presente, estático y fragmentado, que no nos permite ver hacia atrás para reconocer cómo se construyeron nuestras odiosas o deseadas sociedades. Tampoco nos reconocemos creando hoy las catástrofes del futuro. Y sí, llevamos siglos acrecentando la catástrofe ambiental de hechura humana que iniciaron nuestros bisabuelos. Ya destruimos la capa de ozono, contaminamos los mares. No nos estamos reconociendo como interdependientes; responsables de nuestros ecosistemas naturales y humanos. No estamos protegiendo lo bueno que heredamos, ni tampoco trabajando para erradicar aquello que nos destruye. Por tanto, no hay una ética del futuro (Hans Jonas, 1983), que lo resumo como lo que debemos hacer, considerando el bien común de la naturaleza y la sociedad. Pensarán algunos que las cosas son según el cristal ideológico con que se miran y es posible que en algunos asuntos tengamos visiones diferentes, pero en lo que respecta al futuro que dejamos al planeta y sus habitantes, no hay diferencia posible. Haber salido del planeta Tierra y mirarnos desde afuera, nos deja la única mirada posible: somos uno sólo y la vida o la muerte nos va en ella. No queda mucho tiempo, pero puede ser reversible si nos vemos en el futuro ahora, en el presente. Si podemos vernos ahora en la catástrofe que dejamos como herencia; si abandonamos la indiferencia y nos comprometemos con las generaciones que aún no han nacido, abrazaríamos, como dice Jean Pierre Dupuy, “una ética que erija como imperativo absoluto la preservación de un futuro habitable para la humanidad…y que represente el eslabón notorio que hace solidarios el futuro y el pasado”.


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