


Desde el origen de la humanidad, el agua ha sido la esencia fundacional para el establecimiento de civilizaciones. Permitió la agricultura, la alimentación, la higiene y el transporte; dio paso a asentamientos permanentes cerca de ríos como el Nilo, el Tigris o el Éufrates, donde surgieron sistemas de riego y comercio, y se consolidó como elemento sagrado en religiones y mitos, símbolo de vida, purificación y fertilidad. El agua no solo sostuvo la subsistencia humana, sino que organizó la vida social, la salud pública y el desarrollo económico.

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