Julio Fontanet
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Lecciones sobre estatuas y monumentos

En Estados Unidos ha surgido un movimiento por eliminar, en algunos casos, y mutilar y destruir en otros, estatuas de personajes históricos. A pesar de que este es un debate que lleva tiempo, surgió más orgánicamente como parte de la reacción a los asesinatos de afroamericanos en manos de policías. A pesar de haber transcurrido semanas, las protestas continúan y Trump ha anunciado que ha tomado medidas para proteger dichos monumentos.

Las estatuas mayormente “intervenidas” han sido las relacionadas con la guerra civil estadounidense (1861-1865), específicamente la del presidente de la confederación (Jefferson Davies) y ciertos militares del ejército confederado. En el debate que se ha generado, estos actos han sido apoyados por un sector que plantea que es ofensivo rendirle homenaje —mediante estatuas en lugares públicos ¡y con dineros públicos!— a personas que fueron a una guerra para mantener el sistema esclavista del sur. Otros han planteado que ello es parte de la historia de dicho país, por lo que deben mantenerse en exhibición.

Debo confesar que, si la interrogante consiste en si deben erigirse o mantenerse monumentos a personas por razón de su apoyo a la causa de la esclavitud, la respuesta debe ser sencilla para toda persona que crea en la igualdad de todos los seres humanos. En otras palabras: sí deben ser removidas y voluntariamente por las propias autoridades estatales y federales, y así dar un mensaje contundente de que las vidas de las personas negras sí importan. Es un ejercicio de desinformación y de deshonestidad intelectual decir que estas estatuas fueron erigidas por razones puramente históricas o que, entonces, deberían removerse también las de los expresidentes que fueron dueños de esclavos antes de la guerra civil. Creo que es evidente que los monumentos a los expresidentes George Washington y Thomas Jefferson no fueron construidos como un tributo a su pasado como hacendados en Virginia sino por sus ejecutorias en la guerra de independencia y en la presidencia de la emergente nación estadounidense.

Las estatuas de los confederados fueron erigidas, en su mayoría, por los perdedores poco tiempo después de culminada la guerra civil. Según los historiadores, ello fue muy criticado en aquel entonces ya que se percibía como símbolo y gesto a favor de continuar legitimando y cultivando la desigualdad entre blancos y negros. Precisamente, no es casualidad que la segregación en todos sus órdenes (vivienda, educación, facilidades públicas, etc.) fue más manifiesta en el sur, así como los linchamientos y los obstáculos para votar, todo ello refrendado por el ordenamiento jurídico conocido como los estatutos de Jim Crow.

Con dichas estatuas se pretendía legitimar y promover esas creencias y valores. ¿A quién se le puede ocurrir que los alemanes hubieran construido una estatua de Hitler en Alemania después de la segunda guerra? Y, si se hubiera permitido, ¿qué mensaje se le hubiera ofrecido a la juventud alemana? Es tan importante la carga discursiva que pueden tener las estatuas y símbolos que en Alemania está proscrita la suástica; solo se puede ver en los museos de historia, pero jamás en una plaza pública u ondeando en algún monumento. Nadie reclama que se borre de la historia al general Robert E. Lee o al presidente de la confederación, Jefferson Davies; de lo que se trata es de que no se venere a dos exponentes de la desigualdad racial que estuvieron dispuestos a una guerra sangrienta para preservar la esclavitud.

En Puerto Rico, afortunadamente, no tenemos estatuas en honor a los confederados, pero debemos reflexionar sobre lo que sí tenemos: tanto estatuas como edificios y espacios públicos con nombres de personas cuyas ejecutorias no han sido necesariamente ejemplarizantes. Como país, tenemos que analizar lo que representan y lo que dicen de nosotros. Quizás los funcionarios públicos deberían ser más cuidadosos con las estatuas que comisionan y cómo bautizan ciertos lugares. La historia, como estamos viendo, es implacable.

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