Víctor García San Inocencio
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No conocen, ni entienden a los Estados Unidos

Quizás sea esa la culpa mayor del movimiento estadista en Puerto Rico. Si es que existe tal cosa como un movimiento estadista separado de la trituradora de ese sueño: el PNP.

El PNP es un molino, una licuadora que se vale de los engranajes de la influencia y su tráfico para circular gran riqueza a quienes tienen mucha, y para perpetuar la dependencia económica de grandes masas que tienen muy poco.

Sus contribuyentes más pudientes le tienen miedo a los efectos contributivos de la estadidad: pérdida de exenciones y créditos contributivos, mayores impuestos de herencia, temor a la circulación de la competencia, nivelaciones que desmantelen sistemas adquiridos de privilegios y las contribuciones federales. Todo ello los desalienta.

De esta forma soplan frío y caliente a la vez. Abogan por una estadidad que no quieren haciendo proselitismo a base de enormes transferencias que recibirían los puertorriqueños más pobres, pero sabiendo de antemano que tal cosa no ocurrirá, pero que es bueno propagandizarla.

Ordeñan a una vaca teórica, abstracta y distante que mientras menos se conozca entre las filas estadistas mejor. Venden la ilusión a los muchos de lo que en el fondo no quieren.

Estas, entre muchas otras razones, los ponen a distancia planetaria de promover efectivamente la estadidad que se les aleja cada vez más. El desconocimiento de la historia, la sociología y la política estadounidense, o su deliberada fuga de esas realidades, provoca la comisión de errores estratégicos y aun coyunturales que los alejan más de su objetivo.

Un político puertorriqueño estadista es visto en Washington, si es con el lente más lenitivo, como un oportunista pedigüeño extranjero que no se ofende, ni protesta sobre el colonialismo. Miradas más severas lo ven como corrupto, chanchullero, marrullero, un seudo “socio” en el cual no se puede confiar, y un ciudadano de segunda clase, “undeserving”.

En lo que trata sobre la administración --del gobierno de Puerto Rico-- la misma es vista desde la capital federal como una derrochadora, sin transparencia, abierta al saqueo, desconocedora de principios y procesos, indiferente a la rendición de cuentas, en suma, un cero a la izquierda.

Estas y otras visiones inundan las discusiones multinivel sobre Puerto Rico desde antes de que Donald Trump comenzara su tuiteo tóxico, aunque no del todo ausente de fundamentos; y mucho antes de que el gobierno de Puerto Rico fallase en presentar informes financieros por varios años consecutivos a lo largo de la década. 

La política del liderato PNP discurre por una ruta, para decir lo mínimo, bipolar. En Puerto Rico, mucho “chiji, chijá” por la estadidad y en Estados Unidos mucho asentimiento, genuflexiones y silencio. Esto tampoco abona a propiciar un clima de respeto. Este último no puede darse en el marco colonial. El colonialismo es la antítesis de la dignidad política y del respeto propio.

Tan dramática es la carencia de sintonía, por no decir la enajenación total de la política estadounidense, que no se ha oído un murmullo estadoísta sobre los eventos históricos que están ocurriendo allá en materia de derechos humanos. Aunque no tendría oportunidad alguna de éxito, ni siquiera el gobierno estadoísta es capaz de manifestar empatía y solidaridad por las decenas de millones de estadounidenses afronorteamericanos a quienes les han negado la estadidad y los derechos humanos desde siempre.

Es como si temiesen que los asociaran con aquellas luchas. La comisionada residente se pasea patética con el cancerbero contralmirante Brown en el Centro de Bellas Artes. Solo que aquí no hay Minotauro, solo desconfianza pura en la pésima Administración de la granja colonial, y en su infinito laberinto de trapicheos, ganserías y trucos.

Mientras aquí el liderato estadoísta, ni conoce, ni entiende a los Estados Unidos ni su política --hay quien cree que se hacen los que no saben-- allá los conocen mucho mejor. Por eso los quieren cada vez más lejos, y ni sus plebiscitos lunáticos les dan gracia. Un poco de Cultura Política Estadounidense 101 no les vendría mal. Aunque enterarse bien, también puede alejarlos más de su espejismo.   


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