Juan Lara

Punto de vista

Por Juan Lara
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Nueva promesa para Puerto Rico

Puerto Rico necesita una nueva promesa de Washington. Si algo no se llevó el huracán María fue la crisis fiscal. Al contrario, el desastre natural agudizó y complicó el desastre fiscal hasta el punto de hacerlo casi inmanejable.

Lo que hace cinco semanas era una agria controversia -el recorte de la jornada laboral en el gobierno- ahora parece una preocupación casi trivial. La austeridad se ha convertido en una amenaza abstracta que no puede compararse con la realidad de un gobierno que se queda sin dinero para operar y necesita un préstamo de emergencia de Washington; algo así como el pronto-pago del “bail out” tantas veces negado (antes del huracán).

Como reiteran diariamente los analistas de la radio, a más de un mes del huracán todavía estamos en la emergencia; es decir, en la primera fase de la recuperación. La segunda fase, que aunque es menos urgente, porque no se trata de salvar vidas, es más costosa y tomará más tiempo, es la de la reconstrucción. Los estimados del costo total de esa segunda fase fácilmente superan los $50 mil millones.

Pocos países, si alguno, tienen la distinción histórica de haber desembocado en una situación tan extrema como la nuestra. Una economía en deflación, con un gobierno quebrado, se ve de súbito paralizada por un evento natural impredecible. Acabando de declararse en quiebra, el gobierno de pronto necesita financiamiento en cantidades enormes. Parecería un callejón sin salida, y así seguramente lo ven las decenas de miles de emigrantes que se fueron en cuestión de semanas, pero tiene que haber salida.

La solución no puede ser simplemente que el gobierno de Estados Unidos nos regale el equivalente de la mitad o más de nuestro Producto Nacional Bruto. Es difícil imaginar que el Congreso endose un “bail out” tan evidente y tan costoso simplemente por la simpatía que le inspiran millones de sus conciudadanos en el Caribe. Buena parte del apoyo tendrá que ser en forma de crédito, con alguna garantía de repago.

Pero, ¿cómo conseguir financiamiento para un gobierno que está apenas comenzando un proceso de quiebra en los tribunales? ¿Qué garantías de repago puede brindar un gobierno que necesita que le presten para pagar la nómina?

A partir de ahora, tenemos que tirar una raya entre la deuda vieja y lo que será la deuda nueva. La deuda vieja, la que está ahora revisándose bajo el Título III de Promesa, habrá que borrarla lo más pronto posible, infligiéndole una quita radical a los bonistas. En esto tiene la razón el presidente Trump. La deuda nueva, en cambio, tiene que estar por encima de toda duda.

Será necesario que el Tesoro de Estados Unidos despliegue toda su capacidad creativa para diseñar un instrumento de crédito para Puerto Rico, como lo hizo en el pasado con los famosos Bonos Brady, para manejar la deuda de países latinoamericanos. Por ejemplo, se podría crear un bono de reconstrucción de Puerto Rico, avalado por el Tesoro, cuyo uso se limite estrictamente a que el gobierno de la Isla pueda parear fondos privados para proyectos de infraestructura a través de alianzas público-privadas. Su uso se podría restringir a áreas críticas como energía, agua, carreteras, comunicaciones y salud.

Para tranquilidad de los “nuevos bonistas”, esta deuda nueva se pagaría directamente de los ingresos generados por las alianzas público-privadas que se financien con los bonos de reconstrucción. Y para cimentar la garantía de repago, una porción de los ingresos de estas operaciones se depositaría en un fondo de redención en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, por poner un ejemplo. En fin de cuentas, la deuda nueva la pagarían los usuarios de la nueva infraestructura financiada con bonos de reconstrucción; es decir, los puertorriqueños.

Esto no es poco pedir, y no será fácil de negociar en el Congreso y el Tesoro, pero tampoco es como pretender que otros carguen todo el peso de nuestras desgracias. El plan fiscal que se aprobó en marzo pasado ya no es viable. La “deuda vieja” ya no se puede simplemente renegociar. Necesitamos una nueva promesa.

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