Cezanne Cardona Morales
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Pierluisilandia

A mi vecino le pasó lo mismo que a Pedro Pierluisi: para él los “prietitos” son gente sin nombre, con la sola identidad de su piel. Por supuesto, mi vecino no era candidato a primarias, ni fue gobernador, a la trágala por cinco días, pero nació y vivió en Nueva Orleans, en donde precisamente Pedro Pierluisi dice que trabajó lavando platos con unos “prietitos” que ni se les entendía el inglés.

El asunto es que mi vecino no se dio cuenta que se mudó al lado de un negro como yo, hasta el día en que detuvo su carro frente al portón de la urbanización, abrió la puerta de su Volvo verde, caminó hacia a mi Corolla gris, y preguntó si yo vivía en la urbanización. Me lo dijo en inglés y yo le contesté que sí. Me quité los espejuelos y, en mi “jerga de prietito” -como diría Pedro Pierluisi-, añadí: “Actually, I’m your next door neighbor.”

El pasme fue épico. Su cara cambió, se puso la mano en la frente, pero sus ojos azules siguieron siendo azules. Se disculpó conmigo, con mi esposa y mis hijos, que tenían cara de asustados porque, en diez años, nadie se había bajado así de un carro a preguntar si vivíamos allí. Conduje por la Jacaranda detrás del carro de mi vecino y, no hice más que estacionarme frente a mi casa, cuando lo vi acercarse con cara de vergüenza. Acepté las disculpas, pero la justificación que usó casi me obliga a devolverle la amnistía: me dijo que él nació en Nueva Orleans, que le encantaba el jazz de los negros, y que él era un buen demócrata porque se había casado con una puertorriqueña. Me sonreí irónico, justo como lo hice hace unos días cuando se divulgó un vídeo en el que Pierluisi dijo que trabajó con “unos prietitos lavando platos”, y luego se excusó diciendo que no había nada malo en “llamarlos así”. El vecino llamó a su esposa como prueba de que él estaba libre de prejuicios, y nos dimos la mano.

Cuando pasó el huracán María, el vecino tocó a la puerta, y trajo dos paquetes de botellas de agua. Me dijo que trabajaba en un puerto de San Juan, y que no soportaba a Trump. Lo invité a pasar y, cuando vio mis libros en la sala, dijo que yo era un “educated negro”. Recordé las tantas veces en que, de adolescente, un tío materno decía que yo era un “negrito fino” porque tocaba violonchelo y ligaba cemento con guantes. “Ay, qué negrito fino este”, proclamaba cada vez que me veía y, cuando me quejé, se armó con la clásica frase: “Ay, si este negrito es acomplejaito”. Le expliqué a mi vecino que la frase me resultaba incómoda y quiso enmendar: dijo que no fue su intensión, que lo malinterpreté, pero que no había nada malo en sus palabras, porque no usó “the N word”, y que de eso sabía él, que vivió en Nueva Orleans casi toda su vida. La conversación no prosperó y solo me quedó la cordialidad de un silencio incómodo.

Días antes de que publicaran el video de Pierluisi hablando de “los prietitos”, recordé a mi vecino. Estaba en Walgreens, frente al estante de libros y revistas, y vi tres novelitas de vaqueros de la editorial Bruguera. Fanático como soy del género, las compré. No son buenas novelas, lo sé, y están llenas de lugares comunes, lo sé. Pero siempre aprecié cierta agilidad narrativa, y algunas frases e imágenes que solo ese género produce. En la fila me acordé de las peripecias de Sergio Leone con el actor Henry Fonda cuando hacía las pruebas para “Érase una vez el oeste”. Fonda se presentó con unos lentes de contacto negros y barba, pero Sergio Leone le dijo que lo quería al natural: con los ojos azules y la cara limpia, porque buscaba que los espectadores vieran por primera vez, en un western, que los malos de las películas también tenían ojos azules.

Así vino a mi memoria otra vez mi antiguo vecino. Se fue de la urbanización poco antes de la renuncia de Rosselló Nevares, y me pregunté dónde estará viviendo. Lo que jamás pensé fue que Pierluisi contestaría mi pregunta vecinal. En la entrevista que le hicieron en un programa de análisis político dijo: “A mí me dicen el prietito de la familia”. Entonces lo supe: mi vecino debe estar viviendo en Pierluisilandia. Porque solo en ese lugar imaginario todito es inocentito, de un cariñito cruelito y bronceadito. Porque solo en Pierluisilandia “los prietitos” parecen parte de un paisajito turístico, hablan en otro dialectito y lavan platitos, sin guantecitos, con jaboncito y agüita. Porque Pierluisilandia es un paisito donde los “prietitos” son gente entre comillitas, que caben en un discursito de campañita ya olvidadita, y del que él mismito no quiere ni acordarse, porque su memoria demócrata es bien chiqui-ti-ti-ti-ti-ta.

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