Orlando Parga
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Por qué no votaré por los republicanos

La adherencia ideológica o a posturas programáticas hacen la afiliación política costumbre difícil de romper. Contrario a la monarquía, la democracia no exige fe ciega en sus líderes e impone al ciudadano el deber de constante vigilancia. La tradición familiar trajo mi afiliación republicana, pero fueron la curiosidad hacia la figura de Abraham Lincoln y las clases de oyente que tomé en sala de la historiadora Pilar Barbosa, el manual de conciencia para afianzarlas. Ofrecí los primeros diez años de adultez a organizar y presidir la Juventud Estadista Republicana y el primer puertorriqueño electo al comité nacional de la Young Republicans National Federation, Luis Ferré, me presentó al vicepresidente Richard Nixon. Hice campaña contra el radicalismo de Barry Goldwater y, junto a Jeb Bush, a favor de su padre para la nominación presidencial republicana; y guardo en un cofre recuerdos de las convenciones republicanas en las que representé nuestra Isla… Sin embargo, el martes, 6 de noviembre de 2018, no votaré a favor del candidato republicano a congresista de mi distrito, ni por el candidato republicano a senador por Puerto Rico.

No me crea enloquecido. Sé bien que desde la triste colonia no podemos elegir delegados al Congreso ni miembros al Senado de Estados Unidos. Mi voto a favor de los candidatos demócratas será simbólico, pero a la vez una súplica a los que sí puedan hacerlo – hijos, nietos, parientes, amigos, relacionados, conocidos en el Norte – exhortándolos a pensar en el bien común nacional por encima del interés o conveniencia partidista.

El Partido Republicano que hoy domina las cámaras legislativas de Washington no responde a la doctrina del conservadurismo progresista que en sus comienzos inspiró el liderazgo de Lincoln; ha caído como rehén de un personaje grotesco y dañino que corroe la fuerza de esa ideología. Se sirve mejor a esos principios republicanos derrotando la mayoría republicana que en el Congreso teme, sucumbe y responde a la aberración política del presidente Donald Trump. Es como cuando el tumor canceroso amenaza la vida y se requiere extirparlo. Para salvar la doctrina republicana y proyectarla al futuro, primero hay que deshacerse de Trump. Las elecciones congresionales del 6 de noviembre señalan la fecha para la intervención quirúrgica sanadora.

La Presidencia de Estados Unidos es el puesto electivo de más alto y significativo poder en el mundo entero y fuente de liderazgo moral para la estabilidad mundial. Eso impone enorme responsabilidad a los partidos nacionales al escoger sus candidatos presidenciales y, cuando fallan, el costo es la derrota.


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