Kenneth McClintock
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Puerto Rico después de Héctor Ferrer


Ayer, mientras salía de mi última gestión en el Capitolio, relacionada con mis funciones profesionales con la firma de Politank, me llegó el parte de prensa urgente: Fallece Héctor Ferrer.  Pensé: “¡Nah! A lo que llegan algunos medios, publicando rumores sin corroborar”.  Cotejo un par de otros medios. Leo el mismo titular. Respiro profundo.   

Mientras conduzco de regreso a mi oficina en Santurce rememoro experiencias, más que en el Capitolio, caminando por las veredas de la urbanización en la que coincidimos residiendo por varios años en su pueblo de Cidra, caminando por los pasillos del Capitolio en la capital federal, él defendiendo lo suyo y yo lo mío, con cortesía y rectitud, y múltiples conversaciones antes y después de participar en paneles.  Recuerdo su experiencia política más difícil: librar campaña como adversario de Jenniffer González, una entrañable amiga.  No habrá prevalecido, pero la relación de amistad sí.

Cotejo más medios, todavía incrédulo.  Escucho una voz, la voz inconfundible de un académicamente aprovechado estudiante mío, quien en más de uno de mis cursos contestaba preguntas sin ser llamado a contestar por su profesor.  Uno de esos que casi no deja que otros contesten y que, si lo dejas, da la clase en tu ausencia.  Uno de esos que, después de administrar un examen, uno sabe cuál será la nota antes de corregirlo.  El único estudiante que me propuso la publicación de un libro sobre Gerencia Gubernamental con su colaboración que, si en alguna ocasión lo hacemos, dedicaremos a Héctor.

¿Qué dice Héctor Eduardo?  “Mi padre, Héctor Ferrer Ríos, falleció”.  Respiro profundo otra vez.  Salgo de la oficina para mi apartamento.  Tengo que llamarlo.  No; esperaré. Debe estar volviéndose loco con llamadas y visitas en un momento en que uno quisiera estar solo, en libertad para llorar, queriendo compartir con su papá a través de sus mejores recuerdos, o junto a su hermana, su hermano y su madre, dando el frente con la fortaleza que se espera del primogénito, que no solo comparte el apellido, sino el nombre de su padre.  Lo llamaré después. Después.  Esta mañana primero escribiré esta columna. 

Pienso en el futuro.  En el futuro sin Héctor.  No estará presente físicamente cuando Héctor Eduardo juramente en el Tribunal Supremo como abogado.  No podrá estar físicamente presente cuando su hijo primogénito litigue su primer caso.  No podrá acompañar a su hija en los hitos de su vida -graduaciones, el altar, los nietos.  No podrá acompañar a su hijo menor, el que su madre, su tío Eduardo y su hermano mayor se aseguran de educar.  

Pero pienso en el futuro de Puerto Rico sin Héctor.  Héctor, como ha declarado su amigo, Ricardo Rosselló, era quien, sin dejar de defender sus creencias tenazmente, siempre estaba dispuesto a tender puentes, a buscar consensos, a evitar interponerse en el camino de un Puerto Rico que quiere y necesita echar pa’lante.  Puerto Rico necesita más figuras públicas como esas, pero, con la partida de Héctor, tiene menos.  

Dentro de todos los partidos, incluyendo el de él, e incluyendo el mío, necesitamos más líderes de consenso, que no sean parte del problema y que aspiren a ser parte de la solución.  Que sean adversarios en el debate, colaboradores en el análisis y consensuales en el resultado.  Pensemos en eso cada vez que veamos nuestras dos banderas a media asta durante los cinco días de duelo que muy atinada y excepcionalmente declaró el gobernador Rosselló anoche.

Sigamos respirando profundo porque ¡qué falta hará Héctor para su partido, para Puerto Rico, para sus padres, hermanos e hijos!  

Héctor Eduardo, te llamo pronto.




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