Phillip Escoriaza
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¿Qué quiere Trump con Irán?

El Presidente de los Estados Unidos es el funcionario con responsabilidad primordial sobre la seguridad nacional y la política exterior.  Cada presidente se ha valido de sus funciones como “comandante en jefe” de las fuerzas armadas y jefe de la diplomacia para presentarse como un líder efectivo, alerta, osado, respetado y capaz, alguien en quien se debe confiar la gestión del estado y la defensa de sus ciudadanos.  A nadie debe sorprender que la historia contiene acusaciones de que no pocos presidentes han buscado aventuras militares contra objetivos extranjeros para realzar el perfil de la administración, desviar la atención de los problemas domésticos y posicionarse más favorablemente ante la opinión pública, sobre todo ante una próxima elección.  

Desde su fundación en 1979, la República Islámica de Irán ha sido tema crucial en las decisiones militares y diplomáticas de los Estados Unidos.  Es más, está documentado que hace unos años Donald Trump pronosticaba desde sus redes sociales que el presidente Barack Obama iba a lanzar un ataque contra Irán para mejorar sus oportunidades de reelección.  Mucho ha ocurrido desde entonces.  Obama fue reelecto, nunca atacó Irán y negoció un acuerdo internacional para ponerle controles a las ambiciones nucleares iraníes; el cual Trump abandonó por considerarlo inefectivo y sustituyó por una política de mano dura que culminó hace escasos días con un bombardeo para eliminar al más poderoso comandante militar de Irán.

Mantengamos presente que somos testigos de una de esas contadas veces en que se usa la fuerza militar estadounidense directamente contra un objetivo iraní, que el Presidente de Estados Unidos hace alarde oficial de ello, y que algunos, no solamente en Irán, lo ven como un claro acto de guerra o una ejecución extrajudicial de un funcionario militar extranjero.  Pero hablemos con franqueza.  En menos de diez meses son las elecciones en los Estados Unidos por la presidencia, el control sobre la Cámara de Representantes y un tercio de los escaños en el Senado federal.  Aunque la Cámara residenció a Trump, ya se dá por seguro que la mayoría republicana en el Senado no lo va a remover del cargo.  Así que el 2020 se perfila como una de esas raras veces que un incumbente de Casa Blanca busque la reelección cargando a cuestas con el estigma de haber sido “residenciado”.  Sería ingenuo pensar que Trump no buscará oportunidades para fortalecerse con las decisiones de seguridad nacional que deberá tomar en estos próximos meses. 

Con tanto drama político, cualquiera diría que estas elecciones serán las más concurridas, las más polémicas, las más cruciales, pero eso está por verse.  No ha habido elecciones en los últimos 50 años en que el número de personas que vota rebasa el 55 por ciento de los electores, excepto por la elección de Obama en 2008, en la que participó el 58 por ciento de los electores.  Y recordemos que en el método mediante el cual se elige el presidente el número de votantes es tan importante como el lugar en que se emiten los votos, pues Hillary Clinton ganó la mayoría electoral, pero perdió las elecciones de 2016 porque la gente que pudo haberle dado la victoria en estados clave no votó. 

Estas elecciones, como las anteriores, serán de grandes decisiones, tomadas por muy poco más de la mitad de ese pueblo que tiene el poder de participar.  El tiempo dirá qué exactamente logra el Presidente Trump en su estrategia ante Irán y podremos juzgar entonces qué peso habrá podido tener la actual crisis iraní en la opinión pública de cara a las votaciones del 2020.




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