Ada Mildred Alemán Batista
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Razón y emoción: rutas hacia el voto

Al parecer e inverso a lo que pensamos, y lo que debería ser, votar es un proceso emocional. Por más que meditemos sobre cómo votar y que atribuyamos razones a la opinión que vamos a emitir, lo haremos dirigidos por la emoción. Aunque razón y emoción trabajan paralelamente, parece ser que en lo relacionado con el voto, domina la emoción sobre la razón. Ante decisiones complicadas y de envergadura, la mayoría de las personas “elige” ignorar la parte racional del cerebro ya que es más cómodo seguir el impulso emocional.

Parecería que la posición política personal correlaciona con rasgos cerebrales concretos. Ser conservador se asocia a poca flexibilidad cognitiva o un estilo cognitivo más estructurado, rígido y estático. Los liberales, con mayor flexibilidad cognitiva, responden mejor a la complejidad informativa, a la ambigüedad y a la novedad. Los liberales poseen mayor volumen de materia gris en la corteza cingulada anterior (relacionada con ciertas funciones cognitivas racionales) y los conservadores en la amígdala cerebral (relacionada con el procesamiento de las emociones, especialmente en situaciones amenazantes). En cuanto a función cerebral, al efectuar decisiones arriesgadas, los liberales exhiben mayor actividad en la ínsula izquierda, participe del procesamiento de las emociones; mientras que los conservadores exhiben mayor actividad en la amígdala cerebral derecha donde se detecta amenaza.

La atracción que se profesa por determinados políticos depende de respuestas automáticas del cerebro al verles. Un estudio realizado en Alemania (2013) concluyó que esa preferencia correlaciona con actividades de la región del estriado ventral, asociado con la sensación de recompensa. Otras investigaciones hallaron que la apariencia física de los candidatos, influye sobre los resultados electorales; las atribuciones negativas pesan más que las positivas.

Los candidatos “feos” activan la ínsula y la circunvolución cingulada anterior ventral, encargada de procesar los estímulos emocionales de valencia negativa. Estudios recientes (Fellows, 2015) sobre el comportamiento político explican que las decisiones de voto están influenciadas por la primera impresión que se tiene del candidato, a quienes atribuimos distintas capacidades basándonos solo en la apariencia física.

Espontáneamente en el cerebro ocurren una serie de procesos a partir del rostro de una persona, y se le atribuye confianza o desconfianza. Al parecer la percepción de confianza o desconfianza recae primariamente en la expresión emocional del rostro. Rostros que expresan felicidad y provocan confianza, presentan bocas en forma de U y cejas en forma de ?^ ?; mientras los que revelan enfado y causan desconfianza presentan bocas en forma de U inversa y cejas en forma de V.

El cerebro político es extremadamente impetuoso y fanático, aunque queramos disimularlo.Los datos imparciales se usan sólo si reafirman nuestras convicciones y validan las ideas personales.

Por lo demás sobrevaloramos información en principio débil, como la apariencia física y la cara de los candidatos. No obstante hay una región del cerebro que nos permite integrar diferentes datos para poder tomar una decisión más racional a la hora de votar; la corteza orbitofrontal lateral, situada sobre la base del cráneo, justo encima de los ojos.

Esta área está relacionada con el procesamiento cognitivo de la toma de decisiones. Recientemente se ha encontrado, que si no nos dejamos llevar por el impulso visceral/emocional, la decisión del voto se tomará en esa área.

Parece existir una relación entre nuestra biología y fisiología cerebral, y la predilección política que manifestamos. Sin embargo, lo ideal es reunir toda la información posible, tomarnos tiempo para analizarla, evaluarla y hacerla nuestra, o sea procesarla por la corteza orbitofrontal lateral y decidir sin hacer tanto caso a nuestra parte emocional.

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