Julio Fontanet
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Salario mínimo: ellos y nosotros

En su texto “Los nadies”, Eduardo Galeano hace una radiografía de la mirada que los acaudalados y poderosos ciernen sobre los que no son como ellos, “los nadies”, esos que “no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número”. Son las líneas que recordé cuando supe las infaustas expresiones de José Ledesma, presidente de la Cámara de Comercio, a los efectos de que los trabajadores pueden vivir con el salario mínimo de $7.25 la hora —pero que él no podría—. El tsunami de reacciones no se hizo esperar. 

Sus disculpas no pueden borrar esas palabras, voluntarias y espontáneas. En esas circunstancias se dice lo que realmente se siente, lo que se piensa. No hay rectificación posible. Cabe preguntarnos si muchas personas piensan como Ledesma, pero que, distinto a él, no se atreven a decirlo públicamente. Me temo que sí, que opinan o perciben las cosas de acuerdo a cómo les afecte su bolsillo o beneficie personalmente, sin ningún tipo de consideración hacia el prójimo afectado. Así, si usted es empresario —y advierto que no hay nada intrínsecamente negativo en serlo—, podría oponerse a cualquier medida que afecte sus intereses económicos más inmediatos. 

Los que así piensen, deben recordar que el salario mínimo no se aumenta desde hace más de diez años, cuando Obama lo aumentó a $ 7.25 en una época de grandes retos económicos. La economía estadounidense creció a pesar de las predicciones apocalípticas de ciertos emporios económicos. Que se aumente el salario mínimo implicará, evidentemente, que algunos accionistas no generarán los mismos dividendos de inmediato ya que tendrán que mejorar las condiciones económicas de quienes viabilizan —con su trabajo, precisamente— sus grandes ingresos. Incluso, tal como destacan varios economistas, el mejoramiento de las condiciones económicas de esos “nadies” promoverá un gasto mayor de un número mayor de personas, lo que impactará favorablemente la economía. En otras palabras: mientras más personas tengan mejor calidad de vida, menos tensión social existirá y se disminuirán los problemas que ésta genera. ¿Es que acaso no están observando lo que está pasando alrededor del mundo actualmente? 

El profesor emérito del Massachussetts Institute of Technology (MIT) Noam Chomsky y el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz han expresado reiteradamente su profunda preocupación con el alto grado de desigualdad existente en Estados Unidos, donde un por ciento  ínfimo de la población controla la mayor parte de la riqueza del país; y esto acompañado de la disminución acelerada de la clase media y de un aumento de estadounidenses que viven bajo el nivel de pobreza. La situación se agrava si tomamos en consideración la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos (votación 5 a 4) en 2010 en el caso de “Citizens United”, en el que ese tribunal le reconoció a las corporaciones elderecho a la libertad de expresión y, por ende, su capacidad para contribuir a campañas políticas. Esto permite dar grandes contribuciones a candidatos que propulsen propuestas afines a sus intereses y financiar campañas en contra de candidatos que promuevan ideas como impuestos progresivos y acceso irrestricto a la salud y a la educación, entre otras. En este marco, es sumamente difícil propiciar cambios para combatir la desigualdad, incluido, claro está, el aumento del salario mínimo federal. 

Volviendo a la ínsula y a Ledesma: el rechazo masivo a sus expresiones ha sido muy esperanzador, sobre todo porque mucho del repudio ha llegado de representantes del propio sector empresarial. Así debe ser. Primero, porque esperamos que responda a un genuino interés por quienes trabajan en sus empresas y, segundo, porque no se puede ver la economía como un asunto entre sectores opositores, como una confrontación entre ellos y nosotros. Algo positivo tuvo el comentario de Ledesma: les hizo ver a los que piensan como él lo equivocados que están.  


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