Orlando Parga
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Se vende una isla

Años atrás la senadora Hillary Clinton le dijo a su correligionario demócrata y comisionado residente puertorriqueño Aníbal Acevedo Vilá, que el Congreso “hasta puede vender a Puerto Rico”. Ahora resulta que en medio de la crisis provocada por el huracán María en 2017 y el costo que el desastre implicó al Tesoro Federal, el presidente Trump preguntó a sus asesores si Estados Unidos podía vender la isla. Que funcionarios públicos de tan alto nivel se expresen de esa manera no es “desafortunado” como dijera reaccionando el amigo Pedro Pierluisi… ¡es una solemne barbaridad! Es la infame consecuencia de vivir en el peor de los dos mundos, del que hablaron los líderes populares.

En terminología leguleya, por supuesto que anda inalterado el anacronismo de los “Casos Insulares” desde cuando a comienzos del siglo pasado el Tribunal Supremo declaró que éramos “de, pero no parte de” Estados Unidos; y que la cláusula territorial de la Constitución otorga poderes plenarios al Congreso sobre el territorio de Puerto Rico; y que con la Ley Promesa de 2016 hasta engavetaron el autogobierno creado bajo la Constitución del ELA… ah, pero pequeño detalle: en esta finca caribeña nacieron y habitan 3.2 millones de ciudadanos estadounidenses.

Suponga que Inglaterra decida comprarnos para desquitarse de que en 1787 los echamos de vuelta al mar cuando trataron invadirnos, ¿cuántos boricuas renunciarían la ciudadanía estadounidense para jurar lealtad a la Reina Isabel II? ¿Vendes la isla con su población estadounidense y declaras tus ciudadanos como residentes en el extranjero? ¿Cuántos millones de libras esterlinas tendría Trump que transferir a Inglaterra para atender a los ciudadanos de Estados Unidos residentes en la finca caribeña cuando venga el próximo huracán? ¿Imaginas la fila para inscribir bebés en la Embajada Americana?

De Trump puede esperarse cualquier cosa. A pesar de lo absurda que suena su atrevida ignorancia, acá tiene resonancia en el discurso de los opositores a la estadidad. Con la acomplejada teoría de que Estados Unidos no nos quiere – que hasta quiere vendernos – se pretende validar la independencia, soberanía o libre asociación que los puertorriqueños no queremos.

Esa ciudadanía que algunos dicen atesorar por el prestigio y seguridad económica que les brinda, para la inmensa mayoría de los 3.2 millones puertorriqueños de acá y los 5.4 millones que allá viven en los estados continentales es, categóricamente, el atributo existencial definitorio de lo que somos. Y esa identidad, o la tierra que pisamos, ¡no se venden!

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