Carmen Dolores Hernández
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Somos los únicos responsables de nuestro bienestar

Más devastadoras que los huracanes, las pandemias (epidemias que se extienden por varios continentes) causan más daños que los terremotos. Sus estragos superan a los de cualquier otro desastre natural. A través de la historia han diezmado poblaciones, derribado imperios y transformado sistemas sociales y económicos.

La de Atenas, por ejemplo, que afectó a todo el Mediterráneo, empezó en el 430 a. de C., durante la Guerra del Peloponeso. La ciudad, sitiada por los espartanos, estaba hacinada de gentes. Indefensa contra el contagio -probablemente de tifoidea- perdió a una tercera parte de su población, incluyendo a su líder, Pericles. Débil y desmoralizada, perdió la guerra y su primacía en la región.

La “plaga de Justiniano” en el 541 fue un brote de cólera que afectó al imperio bizantino y a Europa, África y Asia. También acabó con las esperanzas del emperador Justiniano de reunificar el imperio romano, cuya parte occidental se disgregó por las invasiones bárbaras. La pandemia debilitó a Bizancio, fortaleciendo, en cambio, el cristianismo.

Grabada en la memoria colectiva por el “Decameron”, libro que inauguró el uso literario del vernáculo, la peste bubónica despobló a Europa en el siglo XIV. Con cientos de millones de muertos, transformó la economía, la sociedad y la religión. Sin siervos suficientes para trabajar la tierra, los sobrevivientes dejaron de estar sujetos a un señor feudal. Practicaron diferentes oficios o se convirtieron en mercaderes y banqueros. Surgió una pequeña burguesía en los pueblos, muchos convertidos en ciudades. El dinero cobró más valor que la tierra y los títulos; compró prestigio, fomentando así la explosión de arte y conocimiento que fue el Renacimiento. La Iglesia, en cambio, se debilitó. El contagio llegó desde Oriente (se dice que los mongoles, sitiando la ciudad genovesa de Caffa, en Crimea, tiraban cadáveres infectados de peste por encima de las murallas para contagiar a los habitantes). En Venecia se acuñó la palabra “cuarentena”: los cuarenta días que debían esperar los marinos para desembarcar.

El cólera azotó a Europa no menos de seis veces en el siglo XIX. En 1839 llegó a las Américas y en 1855 a Puerto Rico, cobrando más de 25,000 vidas -sobre todo de esclavos- en una isla de 492,452 habitantes. Ramón Emeterio Betances, recién graduado de medicina de la Universidad de París, combatió la peste en Mayagüez. Atendía a los enfermos, dando prioridad a pobres y esclavos. Conoció entonces la postración de la Isla, sujeta a un sistema colonial injusto contra el que lucharía. En 1884 escribiría el libro “El cólera: historia y medidas profilácticas. Síntomas y tratamientos”.

La pandemia más difundida del siglo XX fue la “gripe española” de 1918 (España, neutral en la I Guerra Mundial, fue la primera en reportarla). La influenza afectó la capacidad bélica de ambos grupos de combatientes. Murieron unos 675,000 estadounidenses, más que en la guerra. La cifra mundial fue entre 20 y 50 millones. Los Estados Unidos adoptaron luego un aislacionismo férreo (temían a todo lo de afuera) que perduró hasta el ataque a Pearl Harbor. Se recrudecieron el nativismo decimonónico (un nacionalismo xenofóbico) y las fechorías del Ku Klux Klan.

El naciente siglo XXI ha visto varias epidemias, pero el COVID-19 las ha superado en extensión y peligrosidad. ¿Qué dejará tras su paso? El auge de China, quizás; un énfasis en la tecnología que propicie los contactos virtuales; un incremento del nacionalismo frente a las tendencias globalizadoras.

¿Y en Puerto Rico? Esperemos que nos convenza finalmente de que nadie puede salvaguardarnos de los grandes desastres. En este caso ni siquiera podemos irnos a Orlando o Nueva York, aún más afectados que nosotros. Somos los únicos responsables de nuestro bienestar; debemos asumirlo con valentía y honradez. Lo requieren los desastres que hemos vivido desde el 2016. Solo de nosotros depende nuestra sobrevivencia como pueblo.

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