Orlando Parga
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Soñando un pacto anticorrupción

Desde tiempo lejano reyes y emperadores miraron para otro lado mientras ministros quedaron a cargo de recaudar fondos con los que financiar sus guerras de conquista; duques y lores esclavizando súbditos para extraerles el tributo a la Corona y, a la sombra del poder, la serpiente de la corrupción dejando oprobioso rastro. En tiempo contemporáneo, Puerto Rico paga alto precio por el antiguo esquema: corruptos de rancia alcurnia en Washington desentendidos de su propia infamia, osan insultarnos como isla corrupta. ¿Nos lo merecemos? Aparentemente. La corrupción gubernamental es glotona e insurrecta. No tiene límite ni reconoce pausa. A meses del antecesor caer deshonrado en manos de la justicia, ¿Cuántos alcaldes, legisladores y funcionarios públicos – sin que siquiera muestren talento creativo para la maldad – repiten la misma porquería?

El pasado gobierno popular sucumbió por mal manejo de la deuda, la quiebra y la pérdida de autonomía al crearse la Junta de Control Fiscal Federal, más igualmente por los esquemas de corrupción que se tejieron bajo su mando. A escasos cuatro años de aquello, sus líderes andan acusando al gobierno progresista actual de lo mismo que ellos fueron acusados cuando gobernaron. Lógico, pues, que el puertorriqueño ya no crea ni en la luz eléctrica y que la única atadura del pueblo votante con su partido, cada vez más débil, sea la costumbre y la preferencia de estatus político. Así vamos a las primarias para escoger candidatos y a las elecciones para escoger gobierno en medio de investigaciones y acusaciones de corrupción como si fuéramos de invitados a la “Fiesta del Chivo” de la que escribió Vargas Llosa.

Lo peor es que vivimos como los que andan por ahí como si el virus no fuera con ellos o el avestruz que esconde la cabeza en la arena para no enterarse. Dejamos al FBI y fiscalía federal las investigaciones y acusaciones por actos de corrupción gubernamental bajo el pretexto de que siempre hay fondos federales envueltos… ah, y porque existe un “acuerdo de colaboración” con la esfera federal. El colonizado se desentiende de su honra y después se queja de la deshonra.

La partidocracia responsable de tal desgracia que cuarentena o no ya no es capaz de una actividad proselitista que llene de seguidores una plaza pública municipal, con base de afiliados cada vez más reducida, tiene aún reivindicación como herramienta democrática del pueblo. Pónganse de acuerdo los partidos principales, reclútense los minoritarios, acuerden un pacto político de acción remedial contra los esquemas de corrupción que nos asedian. La mala experiencia habida los pasados años es más que suficiente para alimentar un código anticorrupción con el que pueda recobrarse la confianza perdida. ¿Sueño idealista o santo remedio? Podría serlo porque, sin sus líderes darse por enterados, en Puerto Rico los partidos políticos existentes están en peligro de extinción.

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