William Félix

Punto de vista

Por William Félix
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Soy médico, tengo miedo pero no me detengo

Tengo miedo, no me da vergüenza admitirlo. No me hace menos hombre y sobre todo, para nada distorsiona mi compromiso como emergenciólogo de cuidar a todo aquel que lo necesite. Siempre supe las consecuencias de mi decisión, como quien se enlista en el ejército para combatir y defender. Lo que no contaba era tener que pelear esta batalla sin rifles o espadas. 

Por mucho tiempo me distancié de la sala de emergencia. Esto de tener hijos me cambió la vida. Por ello, me dediqué de lleno a mi subespecialidad en medicina deportiva. Siempre faltó algo, siempre hubo un vacío. Hace un mes se me concedió el privilegio de regresar a la sala. Créame, a pesar del miedo es lo mejor que he hecho. Las destrezas y el conocimiento poco a poco van fluyendo a medida que me expongo a lo inesperado. Es como regresar a casa después de un largo peregrinaje.

Sin embargo, no contaba con la evolución catastrófica de este maldito virus. Peor aún, la falta de suministros básicos para salvaguardar a quienes estamos en el frente de batalla ha sido decepcionante y dolorosa; como una patada en “mal sitio”. Lo más hiriente, ver cómo muchos ciudadanos todavía ignoran este peligro inminente al no obedecer el distanciamiento social y en algunos casos, toques de queda. Como todos saben, este virus se transmite aún sin presentar síntomas. A este paso, prontamente nuestros sistemas hospitalarios colapsarán al no poder equiparar la demanda cuando muchos enfermen al mismo tiempo.

La nueva data de nuestros pacientes en los Estados Unidos es mucho más alarmante. Dejó de ser un virus que ataca a personas mayores o condiciones crónicas. Muchas personas de mi edad, saludables, están sucumbiendo críticamente ante este patógeno. Peor aún, muchos de mis colegas se encuentran en unidades de intensivo peleando por sus vidas. Piénselo, si nosotros caemos, ¿quien cuidará de ustedes? 

Todavía me queda algo en esta Tierra; quiero ser testigo de cómo mis hijos desarrollan su máximo potencial. Mi esposa y yo queremos una casa más grande porque esta se nos ha hecho pequeña. Todavía quiero seguir viendo los más bellos atardeceres en el Paseo del Carmen en mi Hatillo del corazón. 

Hoy tengo miedo de abrazar a mis hijos. Tengo miedo de no estar presente para mis viejos cuando más me necesiten. Sin embargo, me alienta pensar que no estoy solo. Que hay muchísimos como yo con el corazón dividido y el alma entre la espada y la pared. A pesar de todo, puedo dar fe de que mis colegas y yo daremos la batalla hasta el final, cueste lo que nos cueste. Y de partir este plano terrenal, lo haremos con las botas puestas.


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