Carmen Dolores Hernández
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Sueño de una noche de verano

El 2019 pasará a la historia puertorriqueña como el año en que el pueblo estalló en indignación durante una noche -durante varios días y noches- del verano, exigiendo ser escuchado ante la sordera de un gobierno indiferente y mendaz. No es la primera vez que este pueblo tenido por manso ha levantado un clamor imposible de ignorar. Lo hizo hace cincuenta años, cuando intentaron vender el interior de nuestra isla a las compañías mineras que hubieran acabado con la zona montañosa y se hubieran largado con sus ganancias, dejándonos con el destrozo. Lo hizo hace veinte años, cuando los bombardeos a la indefensa isla de Vieques se hicieron intolerables. Ante la fuerza de un pueblo unido, el poder ha cedido.

Por otra parte, las protestas del julio puertorriqueño se repitieron a través del continente. El año que termina vio disturbios masivos -y violentos- reclamando equidad y justicia y condenando el abuso y la corrupción en Venezuela, Ecuador, Colombia, Bolivia, Chile y Argentina. Los gobiernos -de izquierdas y de derechas- han probado ser incapaces de proveer una distribución justa de bienes a sus ciudadanos, que ya no se sienten ni representados ni servidos por ellos. Las instituciones políticas están al borde del colapso, incluso en Estados Unidos, país que se ha presentado históricamente como modelo de civismo, de buen gobierno y de convivencia pacífica entre partidos. Presidido ahora por una figura que se acerca peligrosamente al modelo del dictador latinoamericano y cuyo seguimiento, inverosímil como es, amenaza con desestabilizar la autoridad de sus instituciones tradicionales, también allí hay reclamos y divisiones urgentes.

 Es como si la institucionalidad se estuviera resquebrajando por todas partes; como si la partidocracia sobre la que se han construido las democracias contemporáneas estuviera en entredicho, combatida por masas aún no bien organizadas que resienten su retórica engañosa y las respuestas insuficientes a los reclamos cada vez más urgentes. Con sus consignas huecas, su demagogia y su inhabilidad de trascender moldes tradicionales, los partidos están desacreditados. Quienes se proponen para ejercer el poder lo hacen para acceder al privilegio, no para servir a los demás. Por eso se perpetúan en los cargos. Se perfilan -en todos sitios- dos bandos: los que ejercen el poder y se representan ampliamente a sí mismos, beneficiándose de sus prebendas, y los que carecen de poder y de representación (votar cada X años no garantiza ni lo uno ni lo otro). 

La brecha crece. Año tras año, década tras década, tanto en los países pobres como en los llamados ricos, quienes legislan sobre la salud, la seguridad, la educación, la transportación, se eximen de los rigores que se desprenden de sus acciones… o sus omisiones. ¿Quién, con un puesto importante en el gobierno, camina a pie o coge guagua, quién se ve privado de servicios médicos de primera categoría (viajando a menudo a Estados Unidos para obtenerlos), quién envía sus hijos a las escuelas públicas? ¿Por qué -con tanto hablar de igualdad- les niegan a los hijos de los otros las oportunidades que tienen los suyos? 

Se impone un cambio en la manera de ejercer el poder. El sueño es llegar al momento en que los hijos de los trabajadores y de la gente común y corriente puedan acceder, al igual que los hijos de los poderosos y privilegiados, al banquete completo de la salud, la seguridad, la transportación, la educación. Ya no basta con las migajas que caigan de la mesa de la abundancia. Lo que aquí sucedió una noche -o varias noches- del verano de 2019 y lo que está sucediendo en las Américas todas no es más que un sueño, un reclamo aún no bien formulado de acceso a los cotos cerrados del privilegio. De sueños, sin embargo, se alimenta la esperanza.

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