Mayra Montero
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Tengo el mensaje del gobernador

Es que lo veo venir. Y por eso siento que lo tengo ya, martillándome en las sienes. Como si me lo hubieran puesto delante para que lo cepille, lo pode, lo libere de notas sensibleras y referencias pastosas; de triunfalismos que nos aburren a muerte y que huelen a margaritas plásticas.

Con motivo del mensaje del año pasado, comenté que, en lugar de ponerse delante de los presidentes legislativos, Johnny Méndez y Thomas Rivera Schatz, el gobernador debía pronunciar su discurso detrás de ellos. Que se olvide de la tradición y las buenas costumbres. Que haga como el ucraniano que acaba de convertirse en presidente de su país: abrió el telón, y pegó un brinco que se comió la escena.

Quiere decir que toda esa presión, esa extraña energía que emana de Méndez y Rivera Schatz, y que se siente como un ladrillo en la nuca —en la nuca de Rosselló, claro— desaparece si él rompe el protocolo y los obliga a darse vuelta para poderlo oír.

El Mensaje de hoy sobre la situación del país debería ser el más austero de cuantos se han pronunciado.

Para empezar, tendrían que ahorrarnos el desfile del grupo de legisladores que va en busca del mandatario para escoltarlo hasta el hemiciclo. Es un formalismo que toma demasiado tiempo y causa un poco de desasosiego, toda vez que la escolta parece cortejo patibulario. Que el gobernador entre solo, caramba, a zancadas recias. Nada de apretones de manos, si total se conocen.

A continuación —¡por favor!—, que los presentes se den por saludados: exgobernadores, alcaldes, jefes de agencia, jueces del Supremo, autoridades federales, cuerpo consular, líderes religiosos, padres y esposa. Miren qué fácil. ¿Por qué no saludar a todos a la vez sin tanta pompa? El país está metido en tal agujero, que hay que impregnar el mensaje de urgencia y de severidad; si Rosselló se pone a decir que debe agradecer el esto o el aquello al “amor de mi vida” (como siempre dice), se pierde momentum. Hay que abreviar, zumbarse con carácter. Ya.

Este es el primer año que echaremos en falta a la que fuera estrella indiscutible de los mensajes anteriores: Julia Keleher. Como la Secretaria de Educación suscitaba toda clase de controversias, las cámaras abusaban enfocándola. La mujer soltaba una lágrima. Ahora sospecho que lo que la afligía era que no le había dado de comer al perro —cuando se fue, se supo que su perrito era un personaje clave— y como no tenía como escapar del palco, lloraba, claro. Lo sé porque me ha pasado. Cuántas veces no he estado en un foro donde hay un deponente que de pronto suelta, (horror), eso de “contenidos transversales”, y ya sé que me moriré de hastío, y pienso en los perros que no han comido.

Pero vuelvo al mensaje.

Por primera vez en su existencia, y en la del país: Gobernador, no nos haga un cuento de hadas. Hágase la idea de que nos dijo: “Les traigo noticias, unas malas y otras buenas, ¿por cuál empiezo?”. Sabe de sobra que vamos a agradecer que empiece por lo malo. Que se meta en aguas profundas y diga qué es lo que en su opinión se avecina. Que explique sus encontronazos con la Junta Fiscal; que nos hable de sus diferencias —debemos llamarlas de algún modo— con el presidente Trump; que se sincere acerca de las condiciones que el Tesoro y Casa Blanca imponen para liberar los fondos por desastres. Sálgase del libreto y de las medias tintas. Facilítele al ciudadano medio comprender lo que se dilucida en este mismo instante en la sala de la jueza Laura Taylor Swain. Cuáles son las opciones, qué es lo peor o lo mejor que podría ocurrir.

Eso es un Mensaje sobre el Estado de Situación del País. Con la audiencia atenta y silenciosa, y no entregada al palmoteo fácil. Que aplaudan un poquito menos y todos salen antes, más enterados, menos perplejos.

¿A dónde va el Gobierno, quién lo va a sostener, cuánto nos tomará salir del atolladero? ¿Qué es lo realista en esta coyuntura? Es lo que esperamos todos.

Lo que espera, por ejemplo, “el amor de su vida”, y lo que espero yo, que no lo seré nunca.


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