Phillip Escoriaza
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Trump es el dueño del fiasco de Ucrania

Tras más de dos siglos de historia, las conversaciones del presidente de Estados Unidos con los líderes de otros países han estado cobijadas por un manto de casi inexpugnable confidencialidad.  Este arraigado principio se remonta a los mismos inicios de la presidencia.  Desde la administración de Jorge Washington quedó guardado casi como un dogma religioso que nadie tiene derecho a entrometerse en esas pláticas (o cartas), acuerdos, presiones y diferendos que a diario sostiene el presidente con sus pares de todo el mundo.  

Después de todo, hasta el Tribunal Supremo expresó ya hace mucho tiempo que los Estados Unidos le hablan con una sola voz al mundo y ese portavoz exclusivo lo es el presidente.    

Por otra parte, se entiende que el presidente debe contar con un amplio grado de confidencialidad pues se presume que sus acciones están guiadas por motivaciones estrictamente atadas a la mayor protección y a los mejores intereses de los Estados Unidos.  Y porque se confía en la prudencia del presidente para no poner en riesgo los esfuerzos de este funcionario electo para expresarse ante las naciones del mundo con autoridad y efectividad, se ha tolerado ese manto de secretividad que le ampara y que es una de las reglas esenciales del juego en Washington.  

Por dichas razones, nadie – ya sea el Congreso o los tribunales de justicia – puede ordenarle al incumbente de la Casa Blanca que revele los detalles de esas cartas, los entendidos en sus charlas telefónicas o los borradores de sus negociaciones o posibles acuerdos internacionales.  Al menos así ha sido por mucho tiempo.  Y entonces llegamos a Ucrania y su secuela presente: el juicio político del presidente Trump.

Nadie puede criticarle al presidente que ejerza su autoridad para poner en vigor las estrategias que entienda son necesarias para adelantar la agenda diplomática de los Estados Unidos.  Pero estamos en tiempos del correo electrónico, el mensaje de texto y las redes sociales.  Y el uso (o abuso) de estas redes instantáneas de comunicación por este presidente y miembros de su Administración ha puesto en evidencia conversaciones diplomáticas que han sido el combustible con el cual sus opositores en el Congreso han podido prender el fuego del residenciamiento.  

El Senado federal hoy mismo enjuicia al presidente. Corresponderá a ese cuerpo de políticos escuchar qué habló el presidente con su homólogo de Ucrania y si eso es suficiente para que dos tercios de los senadores voten a favor de removerlo del cargo.  Es una función que el Senado ejerce raras veces.  Y si miramos fríamente este momento histórico, está claro que vote como vote el Senado, este fiasco tiene claramente un dueño.  No es otro que su protagonista principal.

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