Ana Longo

Punto de vista

Por Ana Longo
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Un mundo, una salud

Nuestra geografía isleña nos ha dado la falsa noción de que estamos aislados y protegidos. Sin embargo, la reciente pandemia del coronavirus que causa COVID-19 ha dejado claro que estas supuestas barreras son invisibles para los patógenos. 

Desde el 2004, científicos, conservacionistas, veterinarios, médicos y expertos en salud llevan promoviendo el concepto de “Un Mundo, Una Salud”. Esta visión recomienda que para prevenir enfermedades emergentes necesitamos reconocer que hay un vínculo muy estrecho entre los humanos, la biodiversidad global y nuestros ecosistemas

¿Por qué es importante desarrollar esta conciencia? Pues porque el 60% de las enfermedades infecciosas en humanos son zoonóticas, es decir, que se transmiten de animales domésticos y silvestres a los humanos. El virus de inmunodeficiencia humana (VIH), ébola, dengue y síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) son ejemplos de enfermedades zoonóticas emergentes. La globalización, el crecimiento demográfico, el comercio, el cambio climático global, los cambios de uso de terreno y la deforestación son algunos de los factores que están asociados al incremento de estas enfermedades. 

Además de las enfermedades zoonóticas, otro problema importante que busca atender “Un Mundo, Una Salud” es la resistencia a antibióticos, que además de las repercusiones para la salud tiene repercusiones para el ambiente y la seguridad alimenticia. Por ejemplo, se estima que las infecciones resistentes a antibióticos serán una de las causas de mortalidad más importantes en el futuro. Cuando descartamos a la basura esos antibióticos que no terminamos o cuando administramos antibióticos a nuestros animales, todos esos residuos no desaparecen mágicamente del ecosistema. Esto presenta un problema grave de contaminación ambiental que todavía no tiene la misma percepción negativa con la que vemos a la basura o los desperdicios tóxicos. Los antibióticos continúan siendo efectivos en el ambiente y eliminan bacterias beneficiosas que nos protegen. La presencia de estos antibióticos también contribuye a que bacterias dañinas puedan desarrollar resistencia a tratamientos comunes. Esta combinación entonces lleva a que sea más probable enfermarnos con bacterias que son dañinas y difíciles de tratar.

En solo semanas, vimos cómo la epidemia de COVID-19 llegó a nuestras puertas y no estábamos preparados. Sin embargo, los proponentes de “Un Mundo, Una Salud” llevan prediciendo escenarios como este por años. 

Detener la transmisión de patógenos emergentes, como el virus que causa COVID-19, requiere esfuerzos multisectoriales, comenzando con la rápida detección del patógeno y control de las fronteras. Además, detener la transmisión de patógenos requiere que seamos proactivos. Para poder entender la vida silvestre, conocer cuáles patógenos rondan comúnmente y cuál sería su potencial decausar enfermedades en humanos, urge asignar fondos para la investigación científica. También urge promover la conservación del ambiente y disminuir los efectos del cambio climático, pues la degradación ambiental y el impacto de los cambios en el clima podrían contribuir a que surjan más infecciones emergentes o que estas se transmitan más rápido. Pero sobre todo, es importante que todos y cada uno cobremos conciencia de que colectivamente tenemos un mundo, pero individualmente tenemos una salud.