José Vargas Vidot
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Vargas Vidot: "Mi política es de barricada"

Después de una intensa pero inusual campaña eleccionaria, llegué al Capitolio con la idea de desarrollar una agresiva política de barricada, loco por ser un impetuoso látigo de castigo legislativo, empeñado en producir resoluciones, proyectos de ley y todo el abultado catálogo burocrático de documentos legislativos que no solo parecen tener seriedad, sino que definitivamente lo son. De momento, experimenté un aparatoso choque con la realidad. He aquí el escenario que nadie apalabra: me encontré con una oficina llena de buenas y organizadas intenciones, por un lado, y, por el otro, un espacio repleto de personas que, como elemento común, llevaban desde lo profundo de su alma, la más intensa necesidad de ser escuchados.

Comienzo a aprender a cómo desaprender el obscuro juego de las mayorías y las minorías, a liberarme de la seducción de tratar de quedar bien con todos, a aprender que cuando en politiquería se habla de “pueblo” solo se refiere a una pequeña masa vociferante que, por el alto volumen de su ruido, seducen al político hasta hacerle sentir que se debe a los efímeros aplausos de esos ruidos. Aprendí que cuando se habla de pueblo, en la política sana, se refiere a gente de piel y alma que guardan sentires y emociones, expectativas, sueños, metas y también frustraciones y desengaños, esperanzas y desesperanzas. Gente que no se esconde en el nicho de las religiones políticas llamadas ideologías, servidas en envases cerrados llamados partidos políticos, gente que ama a su país entrañablemente. Gente que, aunque no cargan el fotuto que produce el ruido, cargan la robusta voz de su conciencia, de sus sentimientos y de sus emociones, gente que no recitan a Marx, a Ferré, a Muñoz o a Cantinflas, pero pueden entonar la Borinqueña sin sentir que la traicionan porque escuchan Jazz de Nashville o Mangulina de Dominicana.

El choque inicial que me obligó a definir mis sentimientos de lucha, me reencuentra con el rostro borrado de la persona sin hogar, con el ninguneado que no existe para los que recitan el discurso de Luther King y caminan con el de Trump. Reencontré al confinado que me escribe desafiando el tiempo petrificado del insensible reloj que mide sus días, me reencontré con el pupitre vacío, con el libro no leído, con el “te amo” silenciado, con el viejo secuestrado en la soledad, con la mascota abandonada, con el ambiente herido, con una junta que secuestra el alma financiera y el encanto de una isla. Comencé a ver a quien no está en las gradas y, desde esa epifanía, volví a ser yo sin importar las consecuencias. Entendí que, por más dolor que cause el titular que me insulta, la gente sigue siendo mi caucus. Llegué al Capitolio y no he salido de las calles, y aun así, sigo llegando.

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