


Desde que Antonio David Fuentes Colón nació el 17 de junio de 2021, comenzó una dura batalla por su vida. Este pequeño, que hoy tiene cuatro añitos, nació con síndrome de corazón izquierdo hipoplásico, es decir, sin el desarrollo de la parte izquierda de su corazón.
“Nos dimos cuenta porque se puso violeta al momento de nacer. El pediatra se lo llevó rápidamente a intensivo neonatal, le hicieron las pruebas y ese mismo día dieron con su enfermedad”, relató su madre, Danitza Colón.
Ante el diagnóstico, la familia fue orientada sobre la urgencia de atender el padecimiento, lo que implicó una cirugía de corazón abierto a solo una semana de nacido.
“El pediatra, el doctor Sainz de la Peña, me dijo que iban a tener que hacerle tres intervenciones de corazón abierto, pero que todo iba a estar bien. Y así ha sido. Él nació el 17 de junio y el día 18 ya estaba en el Centro Cardiovascular de Puerto Rico y el Caribe. Allí lo mantuvieron con medicamentos y, a la semana, le hicieron la primera intervención”, contó la progenitora, quien también es madre de Hiram.
Esa primera cirugía de corazón abierto duró seis horas y fue la más delicada y riesgosa.
“Le hicieron el procedimiento Norwood, que se realiza durante la primera semana de vida. En este se reconstruye la aorta y se crea una nueva circulación. Esa es la primera etapa y la más complicada. Además de que permaneció con el pecho abierto, por si ocurría una emergencia, no volver a tener que abrirlo. Pero, gracias a Dios, todo salió bien”, resaltó.
Tras esa primera experiencia, llegó el momento de la segunda cirugía, conocida como el procedimiento Glenn. Esta operación de corazón abierto, permite que la sangre pobre en oxígeno de la parte superior del cuerpo vaya directamente a los pulmones sin pasar por el corazón derecho, reduciendo la carga de trabajo del ventrículo único.
“En esa segunda operación tuvo una recuperación bastante rápida. Estuvimos hospitalizados unos diez días y, en esta ocasión, salió con el pecho cerrado”, mencionó la madre.
Sin embargo, las batallas de este guerrero y su familia aún no terminan, ya que a Antonio David todavía le resta una última cirugía de corazón abierto.
“Recientemente, le realizaron un cateterismo para verificar que el corazón esté en condiciones óptimas para poder volver a abrirle el pecho. Entre marzo o abril esperan hacerle el procedimiento Fontan, que sería la última cirugía. Luego, cuando sea adulto, podría necesitar un trasplante de corazón, si fuera necesario”, explicó Danitza.
Mientras enfrenta cada etapa, Antonio David crece alegre, fuerte y lleno de vida. Para sus padres, esto es la confirmación de que todo ha valido la pena.
“Es un niño hermoso y súper saludable. Los médicos están sorprendidos con él. Primero que nada, confíen en Dios, que es el único que tiene la última palabra. Confíen en su cardiólogo y vivan cada instante con sus hijos”, expresó Danitza no sin antes dedicar unas palabras a todo el personal del Hospital Cardiovascular, especialmente al equipo de la Unidad de Intensivo Quirúrgico Pediátrico, “no existen palabras suficientes para agradecer el trato humano, la dedicación el profesionalismo y la empatía con la que nos acompañaron en un momento tan difícil. Su trabajo deja una huella profunda y merece todo nuestro reconocimiento y gratitud”.
Si ser sometido a un trasplante de corazón es una experiencia que cambia la vida, recibir un segundo trasplante es, sin duda, una historia esperanzadora que merece ser contada.
Este es el testimonio de Héctor Luis Cruz Ortiz, un policía estatal de 59 años, quien hace más de dos décadas recibió su primer trasplante de corazón a los 39 años y, seis años más tarde, fue sometido a un segundo trasplante.

“Tenía cardiomiopatía; mi corazón se agrandó. Me sentía normal, estaba activo y llevaba 18 años en la Policía cuando eso ocurrió. Yo hacía ejercicio, corría, nunca iba al médico. Pero, en agosto de 2005, estaba participando en un juego de pelota y, al correr de una base a otra, caí al piso. Cuando me levanté, estaba bañado en sudor y esa noche tuve varios infartos”, relató el oficial, quien lleva 38 años de servicio en la uniformada.
Desde entonces, su salud comenzó a deteriorarse. Empezó a perder peso y a tener dificultad para realizar tareas sencillas, como caminar.
“Fue un proceso largo. Cuando entré al hospital pesaba 220 libras y salí con 180. Me sentía bien débil. Me costaba caminar, perdí muchas cosas. Mi vida cambió por completo”, confesó Héctor.
Tras ese suceso inesperado, le realizaron una angioplastia para destaparle dos venas. Sin embargo, al retomar su rutina de actividad física, notó que su cuerpo ya no respondía igual.
“Volví al gimnasio, pero iba para atrás, rebajando cada vez más. Tiempo después, visité a un neumólogo porque tenía una tos constante que no se me quitaba y no podía respirar bien. Mis pulmones se estaban llenando de agua. Me enviaron a hacer una placa de pecho y se descubrió que, a consecuencia de la cardiomiopatía, la circulación de la sangre no llegaba a los pulmones. Mi corazón estaba muy grande y ya no tenía remedio”, explicó.
No fue hasta enero del 2006 cuando es internado en el Centro Cardiovascular, tras sufrir un síncope mientras conducía su patrulla.
“Perdí el conocimiento y choqué de frente con otro carro. Luego me hospitalizaron y me pusieron un desfibrilador para que, si el corazón se detenía, volviera a latir. Ahí fue que me dijeron que mi única alternativa de vida era un trasplante. Me enlistaron y en junio del 2006, tuve la dicha de recibirlo”, contó.
El trasplante se realizó el 25 de julio de 2006 y su recuperación fue favorable. “Cuando desperté, sentí una fuerza increíble. Antes no podía hacer nada: no podía bañarme, ni comer, no podía hacer nada. A los cinco meses ya había regresado a trabajar porque me recuperé rápido”, describió.
En julio del 2012, durante una cita de seguimiento, le informaron que sus coronarias estaban enfermas.
”Me dijeron que estaban envejeciendo y no se explicaban por qué. Me dieron dos alternativas: esperar a que me descompensara, como la primera vez, o aprovechar que estaba fuerte para iniciar el proceso para un trasplante y decidí hacerlo”, dijo.
Así, el 27 octubre de ese año, recibió la llamada para acudir al quirófano a su segundo trasplante.
Desde entonces, Héctor goza de buena salud. Mantiene un peso estable, lleva una alimentación balanceada, hace ejercicio y se siente bien físicamente. Está convencido de que tomó la mejor decisión para él y para su familia: su esposa Damaris Alvarado y sus tres varones, de 36, 35 y 25 años.
“Gracias a Dios, desde esa operación hasta hoy me he mantenido fuerte. Mi consejo es que, si el médico te dice que un trasplante es la mejor opción, no lo pienses. Estoy agradecido de Dios, de la vida y del Cardiovascular, porque cuando pensé que ya no iba a vivir, ellos, con el favor de Dios, me devolvieron la vida. Han pasado casi 20 años y sigo agradeciéndoles”, expresó.
La vida del venezolano Juan Eduardo Rivero Berti cambió de forma inesperada pocos años después de llegar a Puerto Rico, cuando una gripe lo llevó a descubrir que padecía cardiomiopatía dilatada, una enfermedad en la que el músculo cardiaco se debilita y las cavidades se agrandan, dificultando el bombeo de sangre y provocando insuficiencia cardiaca.
“Llegué a Puerto Rico en 2004 y para 2006 empecé a sentirme mal. El médico me mandó a hacer una placa de pecho y notó que el corazón estaba muy grande. Me refirió a un cardiólogo y, al salir de la consulta, me dijeron que me anotara en una lista de trasplante. Para mí fue una sorpresa, no me esperaba nada de eso”, recordó Juan, quien ahora tiene 60 años.
Durante tres años recibió tratamiento con medicamentos y le implantaron un desfibrilador marcapasos, pero nada de esto pudo controlar su enfermedad. Estuvo hospitalizado en múltiples ocasiones debido a la retención de líquidos, hasta que en 2009 recibió la oportunidad de un trasplante, apenas mes y medio después de haber sido enlistado.
“Yo estaba casi muriéndome. No podía respirar, caminaba dos metros y tenía que parar. No podía cargar peso, me llenaba de líquido. Era un desastre. Hasta que una noche, el 10 de junio de 2009, me llamaron y me dijeron: ‘ven para el hospital, tenemos un corazón’. El 11 de junio me hicieron el trasplante y este año cumplo 17 años trasplantado”, relató el paciente del Centro Cardiovascular.
Juan, quien trabaja como consultor, aseguró que su recuperación fue rápida y que siempre cumplió rigurosamente con su tratamiento, especialmente con los medicamentos inmunosupresores, que deben tomarse de por vida para evitar el rechazo del órgano.

“Estuve una semana hospitalizado. Los primeros tres meses evité el contacto con personas, pero luego pude regresar al trabajo. A los cinco meses ya estaba jugando tenis y montando bicicleta. Solo tuve un incidente en el que me removieron la vesícula, porque antes del trasplante algunos órganos se afectaron”, explicó.
Sobreviviente también de leucemia a los 15 años, afirmó que el trasplante le regaló una nueva vida.
“He podido trabajar, viajar y vivir como cualquier persona, siempre con muchos cuidados. En casi 17 años no he tenido rechazo. Juan se muestra agradecido por la oportunidad de recibir un trasplante e insta a otros pacientes a que se den la oportunidad de una nueva vida. De verdad que es un lujo y un agradecimiento a Dios bien grande cada día que te despiertas y tienes la oportunidad de vivir un día más. Es un regalo el solo hecho de tener esa tecnología que nos permite quedarnos acá otro tiempo más. Mi consejo es que si tienes esa oportunidad, tómala. ¡Vale la pena vivir!”, concluyó.
La autora es periodista colaboradora de Puerto Rico Saludable.

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